
DIARIO APOCRIFO DE ADAN
Néstor Rojas
Ediciones Fundación Poesía
Colección Prometeo No. 2
Diario apócrifo de Adán
Néstor Rojas. @
Elab. 1995-98
1ra. edición, Agosto de 1998
Ediciones CAL
Colección Hebros. No. 2
2da. Edición, 2006
Fundación Poesía
ISBN: 980-01-0687-6
Diseño de colección y portada: Néstor Rojas
Impresión: Fundación Poesía
Impreso en Venezuela
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Comí del Arbol del Conocimiento y ahora estoy aquí, condenado en el Infierno, fuera del Jardín que ha sido cerrado por Dios hasta próximo aviso. Todavía como del Fruto y Eva me sigue tentando. Fue ella quien se dio cuenta de nuestra desnudez, pero tuvo flojera de hacerse un taparrabo. Avergonzado tomé unas hojas de la Higuera y me tapé los ojos para no verla. Fue así como volví a caer en la tentación.
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El Señor se pasea todos los días por los senderos alfombrados del Edén a la hora de la brisa de la tarde. Sabe que oímos sus pasos, lejos de aquí, al otro lado donde no trabajábamos.
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El fuego vuela como dragón sobre los árboles. Un día Dios lo bendijo: "Sé fecundo y multiplícate. Llena la tierra y sométela". Desde ese momento aparecieron los incendios que están acabando con los bosques y las zonas verdes de reservas. El espíritu de Dios aletea sobre las llamas.
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El soplo divino estaba en mis pulmones cuando salí del agua putrefacta. A imagen suya Dios me creó soplando en mis narices aliento de vida. A su semejanza me creó para que fuera un tirano diferente al tiranosaurio y mandara sobre todos los demás animales, a los peces del mar , aves del cielo, bestias, fieras salvajes y a los reptiles sobrevivientes que se arrastran por el suelo. (Del pterodáctilo sólo queda el recuerdo). Pero también creó a la mujer a su imagen y semejanza. Para que me mandara y corrompiera mi alma con sus frívolos deseos.
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"No es bueno que el hombre esté solo en esta hora primera ni en la última. Haré un ser semejante a él para que lo ayude cuando no esté conmigo", eso dijo el Señor. Y no habiendo encontrado al ser ideal entre los animales del campo, aves y fieras salvajes, me hizo dormir siete días. De una de mis perfectas costillas formó una mujer, la más astuta de las hembras del campo, que me hizo su esclavo para siempre. Desde entonces no he visto a Dios y soy desdichado por su culpa. (Y también por la mía).
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"Ésta si que es hueso de mis dolores y carne de mi pasión y fuego de mi angustia, ésta será llamada varona porque del varón ha sido formada", dije muy orondo sin saber lo que me esperaba. (El resbalón y la Caída). Por la mujer prometida dejé a mis padres y mi tierra. Me lancé a la ventura tras los vientos estériles. Y con ella me uní para llenar la Tierra de tragedias y desgracias. Formé un ser pretensioso que se multiplicó en millones de seres depredadores que están acabando con todo lo que vive en el planeta.
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"Los dos estaban desnudos, pero no por eso se avergonzaban", dice la Biblia. Y resulta que entre tantos árboles venimos a comer del que estaba plantado en medio del Jardín. Porque era el más apetitoso. Y el que nos iba a condenar a la desdicha.
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Fue la mujer quien me abrió los ojos. Por ella me vestí y conocí la picardía y los secretos del juego de la perversión. Otra no pudo haber. Si no hubiese existido me la hubiese inventado tal como la he soñado en mis noches desiertas. ¿Quién hubiese aguantado la inmortalidad, solo y aburrido?
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El fuego es el origen de todas las cosas y la obsesión del Aguila. Y mi padecimiento. La Serpiente me engañó y yo comí del fruto del pecado hasta que me convertí en cenizas. Pero varias he vuelto y varias veces he pecado. Por eso la muerte es mi castigo. La vida eterna mi esperanza.
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Crucé la puerta hacia la luz. Dejé atrás el molino echando humo, la escalera caída y la sombra de mis antepasados y me fui tras la mujer que me llamaba desde lejos como una epifanía de la pasión. Otra, mi madre, había enterrado mi ombligo bajo una mata de mango para que siempre regresara. Ella se fue y me dejó solo, vagando de aquí para allá. De vez en cuando regreso al terruño, pero siempre me voy sin encontrarme. No tengo allí nada mío. Dios me hizo con polvo de la tierra y me puso en ella para que la cultivara. Pero yo quiero realizarme en la mujer que busco todos los días de mi vida en todos los lugares. Sólo deseo ser como el azulejo: volar con la bandada de pájaros que pía y canta sin cesar.
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Soy diferente a todos los animales. Mi espíritu inmortal posee el atributo de un Dios que no me privó de la sensibilidad. De ahí la dignidad de sumo sacerdote que tengo. Sólo dos cosas me faltan para ser completamente feliz: una abadesa hormiguera y una abadía sin monjes, pero con muchas monjas.
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El fuego de esta lámpara que me alumbra hoy después de más veinte siglos de "progreso" cristiano, no es apocalíptica, sino peripatética y periódica. No es un adorno más de la casa. Con ella aclaro la visión que tiene todas las cualidades requeridas para ser lo que es: una imagen de ese hombre semejante a un mono que niega sus propios orígenes. En el tercer amanecer del tiempo se apagará para que nos guíen los ojos azules de esos pájaros que persisten meses enteros cantando sin alterarse: Con el canto han alcanzado la sabiduría más allá de los árboles y de los frutos carnosos.
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Traspongo la aurora que rodea un cuerpo celeste. Lo que me rodea no tiene la conformación de un mamífero ni se hace servir manjares. No es hombre ni mujer y se conoce desde el alfa al omega como el primer sonido en forma de A. El oricteropo del Cabo lo ha visto volar en el aire como un ángel. Y según los sabios de la vieja China, cuando vuela y se hace ver, no hay hiena que no salga espantada hacia su madriguera.
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Hoy me toco la barba saxífraga que algunos confunden con la de Aarón y me doy por enterado de lo que, a partir de ahora, sucederá. La entrada de la noche está más acá de las aguas celestiales. Aúlla terrorífica en la Tierra de los ciegos y sordos.
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El hombre que vuelva a trasponer la noche en el tercer amanecer no morirá. Uno entre ellos fue más allá de la naturaleza humana y retando tanto a los dioses como a sus semejantes hizo gemir de dolor al mismo Dios que le impuso la extraordinaria tarea de cargar su propia cruz. Se llamó Jesús Prometeo y todavía no ha encontrado la muerte. "Quien conserve y ame su vida, la perderá. Y quien la pierda en este mundo por causa de los mandatos del Padre, para vida eterna la guardará", dijo seguro ya de la inmortalidad que le otorgaron los clavos y los maderos de su padecimiento.
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Nuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Él, que se alimentó del Pan del Cielo y dio vida al mundo, nunca ha muerto. Dos milenios han transcurrido desde su crucifixión y aún continúa hablando por bocas de los que a Él vienen para saciar su hambre y sed. Quienes le encontraron al otro lado del mar, después de haber visto sus señales, le oyeron decir estas palabras: Yo soy el pan de vida que se multiplicará cuando las aguas y los hielos se retiren. El que viene a mí nunca tendrá hambre ni tampoco boca para pedir más pan. El que en mí cree, no tendrá sed jamás, aunque dudará del agua que beba. Y es la voluntad del que me ha enviado que todo aquel que me vea y crea en mí, tenga vida eterna como la tuvo Platón. Yo le haré resucitar en el día postrero, cuando nazca otra vez.
Y de cierto yo digo, desde la popa de este mundo humillado por la avaricia de los mercaderes, que el hombre que nuevamente señale la ruta que nos llevará al paraíso prometido, no morirá. Su vida andará sonámbula dentro ciertos límites celestiales. Levítica y pontifical, su alma se despojará de los muchos nombres que le pertenecen y que por designio divino le son separables después del segundo nacimiento.
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Sólo Adán y Eva fueron creados del barro. Nosotros, continuadores de la especie maldita, seguiremos llevando la carga pesada del pecado que se hace carne de la carne para volver al polvo. Una y otra vez recordaremos para nuestra desgracia la deshonra. Y también la Caída y el suelo embarrado.
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La Serpiente inmortal siempre nos espera en los caminos. Replicará cuando el ángel nos diga que debemos seguir sin desmayar: "De ninguna muerte morirán, aunque sigan pecando. Dios quiere para el hombre la inmortalidad y ustedes no pueden contradecirle".
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Me encontré conmigo mismo entre montañas de fuego. Y no pude hacer nada por mí, aunque me quemaba. ¿Cómo no hacer la voluntad del que me envió para que me devoraran las llamas? Otro hombre dará testimonio acerca de mí que en cenizas me convertí. Sé que el testimonio que dé es verdadero. Para eso tengo discípulos que dan testimonio de la verdad que soy. De la Poesía se encargará la boca que se regocija en la palabra que mora en todos nosotros: la palabra poética: El fuego divino.
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El verdadero rostro es un antifaz de la verdad. La mentira nos persuade, nos induce a hacer lo malo y nos obliga a llevar la careta que la mirada del mundo ve diariamente como la máscara de la hipocresía. Entre los bienes terrenos se cuentan el apetito y deseo de la carne hacia todo lo que produce placer prohibido. Y por la boca (que es por donde muere el pez) se dice la mentira concupiscente para sacar una verdad, que nadie sabe qué es, aunque se le sospecha.
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Grabé sobre piedras los códigos secretos de mis alas perdidas. Y di un paso al abismo. Ahora me congrego con los míos en el fondo del Infierno para conversar sobre el Bien y el Mal. ¿Qué otra cosa más divertida podemos hacer nosotros, los Caídos, para salir del aburrimiento? Vivimos juntos y bajo las mismas reglas del Señor que nos protege. Y como profesamos la misma fe, compartimos entonces la misma pena impuesta a Luzbel. A fin de cuentas, todos, ángeles rebeldes y humanos, hemos incurrido en el pecado eterno de la soberbia, de la hibris. Por eso hemos sido declarados culpables por la Sagrada Burocracia Celeste.
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Hice los dólmenes y calculé el número infinito. Di forma a la roca que no acusa el reclamo de un ave. Dejé vestigios de mis manos hacendosas en los huesos de la tierra en un intento por perpetuar la tribu. He reunido en mis costumbres todas las virtudes de mi raza: he engendrado una descendencia; he igualado las acciones de mis Padres; he alcanzado con tanto éxito la gloria de mis antepasados que ellos se alegran de haberme engendrado para glorificarlos. Por mis honores y títulos de nobleza he dado lustre a mi estirpe.
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La tierra es para mí un grano de arena en el universo. Al mediodía miro hacia arriba y doy gracias a Dios por tanta luz, por tantos frutos apetitosos, por tantas aves sabrosas que abundan y por las semillas aromáticas re recojo en las tardes húmedas o lluviosas. ¡Cuántas cosas nos faltan todavía por descubrir! El canto de un pájaro es también el canto del Misterio.
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Para un hombre de Ciencia un rayo de luz recorre el espacio a la velocidad de 300.000 Kms. por segundo y no es la "hebra de oro ensortijado" que canta el poeta mexicano Francisco de Terrazas ni la "Espada del Rey Midas" que torna de oro la voz de Gilberto Owen, tan mexicano como el otro.
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Dijo Dios viendo los ojos del Búho que giraba la mirada hacia la imagen de fuego que soplaba aliento de vida desde ninguna parte: "Hágase lámparas en el Cielo que separen el día de la noche. Sirvan de signos para distinguir tanto las estaciones como los días y los años. Y que brillen en el firmamento para iluminar la Tierra". Eso fue en la tarde del día Tercero y amaneció el día Cuarto. Pero, ¿qué paso en la noche del día Tercero?
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Dios y los ángeles de rangos superiores tocaron el tema preferido de su conversación. "¿Qué ser, que no sea serpiente ni ave ni monstruo terrestre, celeste o marino, tendrá el predominio de la tierra y morará bajo el firmamento donde brillan las estrellas? Tiene que ser un animal que ore y sea humilde y no se arrastre por el suelo orgulloso de su veneno. Uno que sea nuestra imagen y nuestra semejanza". Y hablaron de mí hasta el amanecer, pues había primero que llenar las aguas de todo ser viviente, crear las aves y hacer que revolotearan por los aires límpidos como los que vio el poeta Alfonzo Reyes: "En aquel paisaje, no desprovisto de cierta aristocrática esterilidad, por donde los ojos yerran con discernimiento, la mente descifra cada línea y acaricia cada ondulación; bajo aquel fulgurar del aire y en su general frescura y placidez, pasearon aquellos hombres ignotos la amplia y meditabunda mirada espiritual. Extáticos ante el nopal del águila y de la serpiente -compendio feliz de nuestro campo- oyeron la voz del ave agorera que les prometía seguro asilo sobre aquellos lagos hospitalarios".
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Cada ser viviente creado en el día cuarto, creció y se multiplicó y fue feliz hasta que llegué yo. Todo estaba hecho para mí. Le puse nombre a cuanto animal había en la tierra. Dijo Dios en el atardecer del día Quinto: "Yo les entrego todos esos animales y todas esas hierbas, semillas, árboles frutales para que ustedes se alimenten". Yo dormía solo cuando me sorprendió el Sol del día Sexto. Del día siguiente sólo recuerdo las palabras del origen que escribí al comienzo del Libro que los cristianos tenemos como el más sagrado: "Dios terminó su trabajo el Séptimo día y después descansó de todo lo que había hecho..."
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Al principio no había canales ni vías. Tampoco existían los periódicos ni ningún medio masivo de comunicación. Por lo tanto no sabía cómo hacerle saber a los Otros, venidos de las Altas Estrellas, lo que pensaba hacer. Sabía que tenía que construir un pueblo (como el que mucho tiempo después llamé Babilonia) a fin de recibir la sagrada bendición del Padre que había creado para mí la tierra y los cielos. Tenía sed y no quería levantarme, pues me encontraba echado plácidamente como un romántico burgués. De pronto, empezó a brotar un manantial que regó toda la superficie calcinada. Proyecté mis pensamientos hacia los tiempos futuros y me vi en un Laboratorio, envuelto en una bata blanca, experimentando con la materia y preparándome para dar con el núcleo del átomo. El miedo, que enseguida me hizo sudar, me apartó de la visión terrorífica de lo que podían hacer esas partículas pequeñas que giraban velozmente en el interior de los cuerpos. Comprendí en un instante de lucidez todo lo relativo a la desintegración de los elementos primordiales de la vida. Ante tal descubrimiento, no bajé la cerviz. Me sentí como un atleta que bate en la raya a todos sus competidores implantando además el récord mundial. Antes de verme bajo el nombre que patentó la Muerte, me llamé Leucipo y Demócrito, mucho tiempo después de ser Adán.
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Era un hermoso Jardín el lugar donde Dios me había colocado para que fuera rey. Brotaban del suelo toda clase de árboles agradables a la vista y buenos para comer. Pero mis ojos se detuvieron ante uno manchado como la piel de un tigre, brilloso que se alzaba por encima de los demás.
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La tentación siempre está presente en cualquier momento. Podría decir que es el deseo la boca deseosa que quiere probar todo lo prohibido. Pero Dios nos dijo: "Coman de los árboles del Jardín, menos del fruto de aquél que lleva en su savia la muerte. Si Eva lo hace parirá con dolor, tendrá fiebre puerperal, será frívola, coqueta, lasciva, vivirá para mirarse en el espejo y nunca se cansará de soltarse el moño. Su infancia no tendrá inocencia. ("Multiplicaré tus sufrimientos en los embarazos. Con dolor darás a luz a tus hijos, necesitarás de tu marido y él te dominará"). Si Adán come la fruta del Diablo, vivirá para el trabajo del cual será esclavo. ("Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer: maldita sea la tierra por tu culpa. Con fatiga sacarás de ella tu alimento por todos los días de tu vida. Espinas y cardos te dará, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste sacado. Porque eres polvo y al polvo volverás").
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Durante mucho tiempo yo fui la cabeza de una familia que me vio como el único sostén. Por fortuna la mujer ha llegado a liberarse de mí que ya no me necesita. Ahora tiene tantas quimeras como ilusiones primorosas que la llevarán al desengaño. Y finalmente al suicidio.
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El Diablo, es decir la Serpiente Emplumada, nos dijo que no moriríamos, que eso era puro cuento inventado por Dios para asustarnos y apartarnos del Árbol del Conocimiento y que en cambio se nos abrirían los ojos y seríamos como dioses, puesto que conoceríamos todo lo concerniente al Bien y al Mal. En verdad el fruto era apetitoso y sigue siéndolo, pero no es buena la muerte, sobre todo cuando uno quiere vivir. A mí particularmente no me gustan las enfermedades, los dolores musculares, intestinales, molares, faciales. Me fastidian las reumas, las piedras en los riñones, los retortijones de tripas, los saltos de lombrices. Me apenan las caries, las deformaciones de mis huesos, las constantes moqueaderas, la cara de chimpancé que tengo, la piel descascarada, el casperío, los hongos detrás de las orejas y en la cejas, los lunares grandísimos en el cuello, los quistes. Pero lo que más me desagrada es tener que morir y abombarme, reventarme hediondo y lleno de gusanos.
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Armado de azagayas y flechas con alas envueltas en fuego cacé a la Serpiente maldita entre todas las bestias y todos los animales del campo que andaba arrastrándose y comiendo polvo. La muy condenada se abalanzó sobre mi talón vulnerable. Aplasté su cabeza, pero mis pies habían sido mordidos y alcanzados por su veneno. Ahora ando como ella arrastrándome y comiendo tierra todos los días de mi vida.
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Buscaba los presagios, las señales divinas y los sueños quiméricos sumergidos en la noche del primer tiempo. Era el hombre arcaico, el que cazaba danzando con su lanza. Había sido echado de la Tierra del Edén, a la cual no pude regresar jamás, puesto que Dios puso querubines en todas sus entradas y colocó la llama de su espada de fuego vibrante para guardar el Camino del Árbol de la Vida.
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Al poco tiempo de haber sido expulsado, Eva quedó embarazada y dio a luz a Caín, que de niño me retaba con sus ojos diabólicos. Fue labrador y al mismo tiempo homicida. ¿Qué raza iba a salir de tal vástago? Gracias a los avances de la tecnología he podido configurar sus rasgos para que su rostro quede en la memoria de la especie. ¿Cómo podría quitar de sus descendientes las imperfecciones? Las manchas pueden borrarse de las fotografías, pero se reproducen a través de la sangre, del ADN o genoma que se retuerce dándole vueltas a la forma heredada que somos. Yo, por ejemplo, tengo el arte de hablar bien, soy sofisticado y exquisito, versado en todo, pero no dejo de reconocer que sigo siendo un animal que obedece a sus instintos. Por eso vuelvo al lugar de los primeros hechos. Para reconstruir el crimen.
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Después de Caín nació Abel, el pastor de ovejas, el manso, el que sacrificaba los primeros nacidos de sus rebaños para ofrendárselos a Dios, que sentía agrado por los gestos de tan pura criatura. Por celos y por sentirse despreciado por el Padre Caín mató a Abel. Este crimen se ha ido repitiendo hasta el día de hoy. La acción retorna, se encarna a cada instante, se hace eterna. ¿Es el eterno regreso?
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"¿Por qué te enojas y vas con la cabeza agachada? Si tú obras bien, tendrás la cabeza levantada. En cambio, si haces mal, el pecado está agazapado a las puertas de tu casa. El te acecha como fiera que te persigue, pero tú debes dominarlo". Por enojo he roto la vasija de cuello largo. Y por amargura me he encorvado. Ando sin sosiego de aquí para allá. Salto y brinco, a veces alegre, a veces triste. Y siempre agacho la cabeza porque aún no he podido dominar el pecado. Hago travesuras que después me cuestan varios días de padecimiento. ¿Cómo podría revocarse lo que he dicho contra mis superiores, contra Dios mismo? Me desdijo de todo lo dicho y me arrepiento de todo lo hecho, pero al rato estoy diciendo otras cosas ofensivas y estoy cometiendo otros hechos abominables. Ya me inclino a pensar que estoy hecho para el Mal, pues retozo tanto con gusto del pecado que ni la vida retirada me aparta de los malos pensamientos.
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"Caín, ¿dónde está tu hermano Abel?". La voz de la sangre grita desde la tierra hasta mí. He andado maldito durante muchos siglos como un paria. De aquí y de allá he sido sacado, expulsado. Mis pies ya tienen la forma del camino. Y mire que he caminado, sin derechos, como un condenado al que la Ley ha puesto precio a su cabeza. Soy la cosa vendida que vive lejos del suelo fértil. He cultivado la tierra y no se me han dado los frutos. "Andarás errante y vagabundo sobre la tierra".
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En verdad mi culpa es demasiado grande como para soportarla. Fui arrojado al Infierno y de la presencia de Dios me oculto. Pues no soy digno de morar bajo su Casa. En verdad ando errante y fugitivo, vagando y con el temor de que cualquiera que me encuentre me mate. Mis hijos habitarán en el país de Nod como los palestinos. No tendrán derechos y cada vez irán retrocediendo empujados por los sus propios hermanos, hijos de Abel, de Set, de Enós, de Cainán, de Malael, de Jared, de Henoc, de Matusalén, de Irad, de Jabel, de Jubal, de Mavael, de Lamec y de Noé. Se acogerán lejos de los buenos campos, de los balancines y de las propiedades de los millonarios.
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Mi eco de cazador recorrió la lejanía como un lamento. Me consagré en el templo en un intento por encontrar al Dios perdido. Y entonces dijeron los dioses: "He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, pues se hizo juez de los que es bueno y malo. No vaya ahora a alargar su mano y tome también a Dios por la barba. Pues morirá para siempre".
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Erigí los monumentos sagrados. Estatuas al sol, a la luna y tumbas para mis huesos. Escribí mis creencias y las imprimí en pliegos y pliegos que fueron ocultos. Los hijos de Ada y Sella habitaron en cabañas y cuidaron rebaños. Los hijos de Jubal tocaron la cítara y la flauta y gustaban de la soledad.
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Mi descendencia hizo ofrendas a su Dios ofendido. Frutos y ovejas como lo hicieron Caín y Abel. Sacrificaron los primeros nacidos de sus rebaños y quemaron su grasa. Pero el humo de nuestras mentiras desagradó a Dios. Y fuimos nuevamente echados al desierto.
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Vengo de un pueblo mitológico que olvidó sus dioses tutelares.
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Un mandala de pájaros hizo el ritual más allá de la polvareda. Era el faraón, el hijo predilecto de los dioses, hijo del polvo y del misterio, el venerado en el santuario, el protegido de las serpientes.
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Me hundía en la eterna oscuridad de mis instintos.
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Inscripción hallada en la tumba de un poeta antiguo: " Ante el Dios Desconocido, Halcón, dejo libre mis pájaros. El Sol arde en mi camino. La noche ya se fue conmigo".
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Paseaba por el bosque de los sonidos. Antes, no sé cuándo, había estado allí. Tal vez fue en una de mis anteriores vidas. Yo soy de los que piensa que el hombre es un caracol cuya alma es una galería de recuerdos y nombres ancestrales. Es múltiple en el infinito, semejante a un ciervo perseguido por sus propios perros cazadores.
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A veces me siento tan viejo, cansado de andar de un lado a otro. Demasiados caminos, atrás, adelante. Pero ando, sin báculo alguno, mamífero hormiguero olfateando las sombras de las hienas barbudas que vienen detrás también olfateándome. Están ahí, en todas partes. Sus dientes son garras torcidas ensangrentadas. Sus pezuñas corvas vienen detrás de mí. Las oigo.
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Con el tiempo he aprendido a aguzar mis orejas y mi nariz. A estar en el mundo y oír y oler otros mundos.
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El Reino de las Tinieblas fue para mí delicioso. Y yo era para los humanos el ser más enigmático y grande entre todos los ángeles caídos. El más encantador.
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A los tres días después de la caída, sentí que me salían unos cuernos arrollados en espiral, una cola larga y peluda como víbora trepadora. En algunas partes de mi cuerpo celeste me brotaron brazos como tijeras, largos y torcidos como caracoles. Mis manos, de un color rojo encendido, eran deformes, corvas, de piel escamosa y uñas alargadas y puntiagudas como guadañas. En vez de pies, tenía unas patas que terminaban en unos cascos con blancos y peludos pesuños como de mula.
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Ya fuera del Jardín, en las profundidades del exilio, empecé a sentir asco de mí mismo. Esa noche, que fue la más obscura de mi vida, me entregué a la desolación. Aquel desamparo me había cogido de improviso. Nunca había conocido la humillación. Aprisionado en la intemperie de mis pensamientos, yo, el Dragón del Alba, el favorito de Dios, estaba hundido, desconcertado, encenagado en los más terribles abismos siderales.
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El día de mi creación sonaron tamboriles y pífanos. Era el Ungido. Mi atuendo de guerrero había sido hecho con las piedras más preciosas que existían en el Paraíso. Jaspes y zafiros como flores en llamas, sardónicas y esmeraldas lucían en mi cuerpo reluciente. Luz esplendorosa fui antes de la degradación. Los astros brillaban en mis plumas de seda de oro. Ese día, que todavía recuerdo como la luz de hoy, todo mi ser obscureció. Yo, el Más Dotado, el Más Grande y Perfecto, el Portador de la Luz, Príncipe del Poder del Aire, había caído a lo más bajo. Abatido, humillado, degradado, me entregué al vicio del gozo más perverso. Por orgullo no podía dejarme abandonado en los abismos. ¿Cómo iba a renunciar a la ambición de ser Dios, el Único Dios de todo el Universo?
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Me hice coronar y llamar el Rey del Abismo Sin Fondo. Al segundo día de mi expulsión, hablé ante la gran multitud de ángeles fieles a mis ideales. Expuse antes ellos el Plan Maestro. Fundé la Gran Orden de las Moscas.
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Yo hice de la tierra mi desvelo. Le di a los hombres la oportunidad de no aburrirse.
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"Los ojos del Señor de las Moscas son como estrellas matutinas. Del hueco de su boca salen lámparas encendidas y hogares de fuego. El humo de un horno inflamado por las brasas de fuego llamea en las ventanas de su nariz. Su aliento es de carbón y de su boca salen llamas". Este curioso texto lo extraje de un libro que fue para su autor causa de sus más terribles pesadillas. Atanasio de Alejandría, así se llamaba el obispo que lo redactó en el año 360 que hizo de mí su razón de ser. ¿Cómo, con qué fuerzas podía resistir las tentaciones que su propia conciencia le ofrecía? En verdad, en verdad os digo que no es de mí de quien deben huir los hombres, sino de sí mismos. En lo más obscuro del corazón de toda criatura habitan los más desconocidos demonios. Que lance la primera piedra quien nunca ha sentido las más carnales tentaciones mundanas.
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Soy el hombre agua. Llevo dos ánforas de sueños. En una hay un diluvio que recorre el universo y en la otra está escrito el principio y el final. Mis brazos zodiacales establecen los vínculos del Sol y la Luna.
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Conservé los ritos sagrados. En la semilla había un calendario de flores y semillas.
El camino es un pretexto que inventamos para decir que andamos.
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Como un ángel sin plumas, contemplo el mundo desde arriba. Porque estoy derribado, entre nubes.
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Los pueblos sucumben ante las mediocridades y nunca consolidan realidades distintas a la perseverancia del vasallaje.
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El afán de querer ser siempre el primero y nunca el último, así como el anhelo de riqueza y poder, han llevado al hombre al abismo de las paradojas: con Dios y con el Diablo. Su alma alucinada no tiene límites: con apetito de ser se devora desde la cruz del dolor hasta quedar complacido por el goce de su propia condena.
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Lejos de la Gran Marea, de la orilla imposible de la Creación, me siento a pensar en las consideraciones de Salomón. Con espanto comprendo que estoy en los momentos cruciales de mi vida. En la vacuidad de las ideas.
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Por alcanzar el elogio de los mercaderes y de los fanáticos de la falsedad, muchos equivocan su camino. Para conseguir tal fin, no desdeñan ningún medio. Y usan todos los recursos y todas las máscaras. A veces, hasta se valen de la piedad sin escrúpulos para estafar a los cristianos.
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¿Qué le queda al político y al poderoso de su efímera gloria? La serpiente no extraña el Paraíso, sino la Manzana.
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La mediocridad es la religión que tiene más creyentes estólidos.
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El hastío es la inmortalidad. Eso lo supieron Adán y Luzbel cuando fueron expulsado del Edén. Cómo será de aburrida la vida de Dios.
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Dichosos los que ganan la gloria de unos días. Sus nombres no serán recordados.
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¿Vale la pena afanarse tanto? De igual modo se muere de desengaño.
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Para el pensamiento de naturaleza filosófica, lo lejano se vuelve de pronto cercanía. Lo cual comprueba que de la tierra al cielo sólo hay un paso que siempre damos incluso sin darnos cuenta.
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La verdadera vida está ausente.
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¿Qué queda de ese cuerpo olvidado? ¿qué sube a los tiempos perdidos para siempre jamás?
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El moho infectó la palabra. Corrompió su esencia. Los indicios del encantamiento aparecerán cuando toques la raya que ilumina el ocaso del sol.
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Porque convertiste en canto el quejido, tuya no será la gloria. Por siempre serás condenado a subir y bajar por la montaña de tu propio vacío.
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Una puerta se abre. Conjunción astral. Hay que cruzar el río que ahogó la suplica de los que no pudieron. Es necesario saltar el muro de mármol y despojarnos de todo lo que nos ata al fracaso. El mañana es la promesa. Los que deseen encontrarse tendrán que dominar el corazón. Vivimos avasallados por los sentimientos.
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Es lo muerto lo que se vuelve polvo. El espíritu, su sombra, se va de la casa, franquea el espacio. habita otro círculo, lejos de la tierra.
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Hay que mirar por encima de los arcos: el cielo del poema nos espera.
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La hora del pájaro pronto se hará vuelo. Tú has sido nombrado entre los elegidos. Elige tu destierro. Cuando la luna pase, escucharás la trompeta del Angel que andará contigo.
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Ordenó las estrellas. Abrió las manos y surgió una llamarada.
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Acerca tus ojos a la luz del ocaso: verás el día que esperas.
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Una tarde cayendo sobre árboles. Una luz rojiza sobre el puente. Se oscurecen las distancias. No recuerdes porque los recuerdos están distantes. Contempla ese ocaso. Ese será tu destino.
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Los versos que escribes no tienen patria. No hay nadie (ni un nosotros) entre ellos y tu soledad. Pero el corazón del hombre aguanta más que la palabra. Que no es ni siquiera suficiente para hablar de sí misma.
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Lo que hoy se busca surge del tiempo insaciable. Su mirada es llama que devora. Bajo la luna llena brilla su puñal. Sobre una roca, junto al río, quedó un hilo de sangre del cuerpo devorado.
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A veces se piensa en esas cosas que el cansancio acoge y que en el sueño intentamos revivir. ¿Podríamos volver al día que se fue?
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Los que se alejan, nunca vuelven, aunque encuentren el camino de regreso.
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No tengo la pureza de las nubes. Me eligieron los ángeles por equivocación. Soy caracol de tierra, no halcón.
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Lo que el hombre vio en los arenales, lo que aprendió en el trato con ellos, lo que le enseñó el ejemplo de la semilla que pierde su forma bajo tierra, esa fue la gran lección decisiva.
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En la mística agraria prehistórica está anclada una de las raíces principales del optimismo de la bacteria: el muerto, igual que la semilla sepultada en tierra, puede esperar la vuelta a la vida bajo una nueva forma.
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Todo lo viviente procede del agua. Al principio el mundo era como un mar sin luz.
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El agua representa la muerte y la sepultura, la vida y la resurrección.
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¿No sería la Muerte el primer navegante? Caronte es una de sus máscaras.
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El Dios Nou, según la tradición hermética, es el Padre de los dioses, incluyendo a la Muerte.
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Vengo del principio oculto. Por eso siempre vuelvo a las insondables profundidades ancestrales.
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Evoco los caminos. Salto de un tiempo a otro buscando el principio de mis huesos. Vivo bajo los dominios del tiempo, mi padre.
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Inmerso en la memoria ancestral me alejo ¿Adónde iré? Quien sabe.
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Quien recoge sus recuerdos es porque se hace viejo. Los retratos quedan perdidos en el tiempo.
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Testigo de las ruinas, vomito la historia de mis aberraciones.
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El habitante de la ciudad a cada instante recuerda la piedra primitiva.
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Habitaba el silencio. Un día abandoné las altas rocas. Me alejé de mis dioses. Ahora añoro la soledad.
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Como águila espío la inmortalidad. Cuando muera el sacerdote de la lluvia ocuparé su lugar. Y desde el santuario de las ranas y sapos invocaré el sonido de la piedra.
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Anduve por los pueblos como nómada. Me acompañaba una flauta, pero nunca la toqué. Porque nadie me enseñó a usarla. Además, soy sordomudo. Aunque escribo poesía.
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Di forma a la mitología: mías son las sagas de los hechiceros y las epopeyas de los ciegos.
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Voy dejando en cada labio el mito de mis amores olvidados.
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Llevo el áncora y la estrella en uno de mis escudos. Un día olvidé los mapas celestes y cayeron mis alas. Desde entonces envidio a los pájaros, esos consentidos de Dios.
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El volvió a través del orificio de la piedra como una pesadilla. Dos ángeles le enseñaron la puerta del mundo.
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Hay que volar extranjero, hay que volar porque los cielos son aves en este tiempo veloz. Y los otoños iluminan la piedra para siempre.
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Eres un extraño en el espacio de estas palabras que escribo para olvidar un nombre.
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No tires la red. Más allá de ese puente encontrarás los caminos que te llevarán a la tierra que anoche soñaste.
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El cruzó con la espada lo que ves. Cruzó el paraíso inclinado y ahora nos dice adiós. Y verá, mientras gire la luna: plumas que son estrellas y estrellas que son pájaros allá arriba. Y cuando llegue al otro lado del monte, le pedirá su vuelo a un azulejo para el caracol que por dentro le arde.
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Pido que me dejen lejos de aquí. El río deshoja mi tiempo. Y refleja la sombra de la muerte. Cuando llegué a esta tierra las casas eran altas. Y en mitad del camino brillaba la gran piedra del medio donde alguien grabó su pensamiento. Ese instante pasó. Hoy soy de los desgarrados, fuera de tu reino. Soy el Otro en la orilla y sin luz. Perdí el Paraíso.
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Es invierno. Contempla: hay flores flotando en las aguas. Y esa serpiente se mueve, hacia arriba, hacia abajo, sinuosa. Te espero del otro lado donde se hunde mi casa. Si no llegas antes del ocaso deshojaré una flor sobre este río.
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Mi cuerpo conoció el sufrimiento. El fuego del dragón atravesó mis ojos. Y no hubo tiempo para contar las estrellas. No pude habitar la sabana donde dejé mis raíces. Abandoné el pajonal. Me perdí. Y me lancé al vacío, hacia afuera, desarraigado. Y anduve como ave sin árbol, como alga entre olas a la deriva.
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Entregué mi plumaje a cambio de un reloj. A veces me veo pasar veloz sobre ese puente como cometa.
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No volveré a ver ese poema en ti, relampagueante como pájaro, como rayo sin alma. Fue soplo que se abrió entre los aires. Arco iris. No volverás a verte en el espejo de los sueños. Deja de flotar. Tienes que mover los brazos para que puedas llegar. La otra orilla está lejos. Esa raíz que se detuvo en tu boca fue la fronda donde descubrí mi cielo en ti.
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Despierto. Sigo, entraré en lo oscuro para tocar el barro, ese vientre en la luz. Y me verás a mí, callado, en lo íntimo como si fuera a nacer. El olvido fue mi casa en el alba. ¿Quieres todo el espacio que hay en mí? Reflejan tus ojos esa luna subiendo.
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Desde que te fuiste soy el Caído asomado a la ventana. Todas las noches te busco en el cielo. Algún día me acercaré. Y estaré entre los Peces. Hoy soy el abismado. Estás en mí como rayo desprendido. Como quien se despide.
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¡Rayo, ¿por qué me has desamparado? El espacio con ojos es mi barranco.
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Amanece. Los pedruscos brillan. El aire ensombrado se esfuma. Cuando llegue el Sol terminarán las despedidas. Y se abrirán las cortinas. Despertarán los pájaros, saltarán, cantarán y habrá luces en la noche de adentro.
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La vida es un instante flotando en el vacío con los ojos cerrados. Y de repente me descubro a su vuelo. Me lleva mientras me quedo en la cama. Y subo. Abajo, la ciudad es un mapa de caminos que apenas se distinguen.
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Atravesé el cristal de los sueños. La estrella de los dioses me entregó su plumaje para que no me quedara. Y en la altura escuché sus latidos. El ser brota de ti como una promesa que se cumplirá.
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La espera es inútil. Me cortaron las alas. Mi sequedad te dará albergue. Mañana seré de marfil. A mi esfera de pájaros, aquí cerca, vienen los muertos y me hablan del Escogido.
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Me quitaron las aguas. Me dejaron en la arena y ahora voy hacia ti. Fui guerrero. Abandoné la guerra y me quedé para ti, extranjero otra vez. Esta noche silenciosa hundiré mis pies en lo invisible. Cuando amanezca estaré en otra parte.
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Si el viento desentierra mis sandalias soñaré y no habrá luto ni humo en los relieves. Naufragaré. Tu nombre es el adiós que pronuncio.
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Viviré contra toda adversidad. Puedo volver y partir de esta tierra, caminar por los bordes del barranco sin pisar las calabazas. Pero opté por mi destino. Ya no regreso. Y aquí estoy a la orilla del río, sin curiara.
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Estoy cruzando la soledad. Hay pájaros en este mundo que es una casa alquilada. No digas nada. Me acostumbré a los caminos, a las flechas de fuego.
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Una llovizna cruzando el cielo: nada termina, todo es un viaje. Todo va de un extremo a otro. De la nube a la tierra y viceversa.
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Cada hora me llega como un vapor. Aquí estoy. Las palabras que has soñado no son tinieblas: escribiendo invocaré el resplandor.
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Serpiente pajonal. Miro la sombra celeste. Bauticé con tu nombre está dicha. Estuve en tu piel como árbol. Tú me alejaste. Como si yo no fuera.
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Toca esta textura que se desgarra y se hace carne, desnudez.
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Tú solo construirás la pirámide. Vano esfuerzo. Los territorios profundos son del desterrado. La tormenta es fugaz, relámpago, cielo caído. Estoy desamparado: ¿y mis talismanes?
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Contemplándote pájaro desaparece en el ojo el que te mira.
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Cómo luchar si me oscurezco. A ti pertenece mi alma. El cielo es sol, instante que comenzamos de nuevo. Levanta la cabeza: hay luces que saltan cuando baja el caído.
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Uno mismo es la luz fugaz. Como si se estuviera. Como si fuera ceniza de ocaso.
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¿De qué me servirán mis quimeras? Te entrego mis ojos para que veas mi reino, lo divino, en esta hora incierta.
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El mar, eterno como el cielo, existió en este sitio. Noches de agua sobrevivieron durante mucho tiempo a las penas.
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Ella no habla. Olvidó los ritos del amor. Me encontré ejecutado entre sus brazos. Hierbas murmuran conmigo: ¿es el Paraíso?
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Duele ser lo que pasa. Para siempre soy barro, plumaje. Mi alma es canto ocre que se va.
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El alma es ojo ya fuera, refulgente. Es pájaro en tus dominios.
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Fui tigre en tu tierra. Ahora estoy derribado. Quemé las hierbas más acá. Siento que todo fue pérdida. Las raíces quedaron en desamparo. Pero el Jardín es retoño.
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La sombra escarlata se prolonga en el cielo. Lanza sus últimas llamaradas de bronce hacia abajo, hacia esta tierra pequeña donde doblan las campanas.
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Se nos otorga un instante. ¿Cómo ignorar el misterio que en esta tarde nos une? Duermes sobre mí, entre las hierbas, ebrio de nubes, exaltado y feliz. Te miro el rostro: ¿quién te dirá los versos que escribí para ti?
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Hoy no perdí el Paraíso, tampoco lo gané. Culminé la jornada en la luz de tu cuerpo. Simplemente te amé como quien se despide. Fue breve mi suerte. Las cálidas horas pasaron, veloces. Y lo que fue, será mañana olvido. ¿Te acordarás de los atardeceres, de los rojos chispazos que surcaron el aire de esta hora en ocaso?
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Son altas las ramas donde se ocultan los pájaros que vimos volar desde el balcón del hotel. Ya terminó la gloria del tiempo fugitivo. Otra luna se acerca. Se nos viene la noche, silenciosa. No volveremos a ver ese crepúsculo.
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En mi corazón arde la tristeza. Se acabó la fortuna. Culminó el tiempo de la recolección de flores. Y después de tanto luchar a contracorriente, este pez solitario abandonó la lucha y se dejó llevar por la ola más fiera. Su quimera se despojó del vestido y se entregó a la noche.
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Y quedé solo, con los brazos extendidos. Como cristo sin máscara. Apaleado y desnudo. Sediento y atragantado de dudas. Porque te amé me expulsaron del templo. Piedra y polvo me arrojaron. Me descendieron. Me encerraron en esta jaula oscura, me cortaron las alas. Y me quitaron mi estrella.
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Pero no pudieron quitarme el alfabeto. Y aunque estoy cercado de tinieblas escribo con la claridad de tu recuerdo.
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La dicha fue una estatua de arena que acabó despojada. Desde aquí oigo todavía los aletazos de fuego. No estoy lejos de ti, pero me quedaré para contemplar el ocaso. No le daré la espalda al poniente. La suave claridad de ese astro que se hunde curará mis heridas. Me aliviará de este dolor que me desgarra.
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De este amor que me tomó por asalto sólo quedarán las cicatrices del infierno.
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Hay fuego en la casa de mi soledad. El entusiasmo es gris, pero me acercaré a la ventana. Estoy de pie y escucho los latidos de mi corazón. La estrella que bauticé con tu nombre está cruzando el cielo: es fiel a su vuelo.
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No es un torneo de pájaros. Aunque son plumas esas rayas que ves en el espacio. ¿Quieres saber porqué suenan espadas? Esa luz que estalla a lo lejos y que deja la tierra, esa aureola amarilla moviéndose más allá de tus ojos: ¿No son anuncios de nuestra propia tormenta? No digas nada. Ya sé: vives la intensidad de lo invisible.
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El pájaro altivo está descendiendo. Alabado sea este día. Corre entre mis dedos el agua de la fuente. El viento antiguo viene de otras latitudes. Ya cruzó las altas soledades donde quedó la espada que abandonó el guerrero. La casta luz de la luna está sobre la piedra. ¿Cómo cruzar el río, si no puedo nadar?
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Doy siete pasos y me inclino para tocarme los pies. No quiero desesperarme. Empezaré de nuevo. Debo llegar a la otra orilla. Cuando te dije adiós me extravié; olvidó los caminos de la serenidad. El planeta que busco es un jardín de rosas. Lo veo desde aquí, allá arriba. ¿Vendrás conmigo cuando me llegue el día de partir, para siempre?
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No sé esperar. Entre mis virtudes, que son pocas, no está la paciencia. Mi corazón desolado no conoce las destrezas del pájaro que desaparece en el cielo.
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Ya cumplí los treinta y tres años y sigo siendo torpe para caminar. Opté por aceptar mi destino. Y aquí estoy, escribiendo para escapar de mi tiempo, para huir de la monotonía. Sólo tú has podido alterar mi rutina de escribir. Tu amor me apartó por un instante de las enumeraciones caóticas.
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Pero otra vez la parábola del verso libre ha derribado mi vuelo. Me dio en el blanco: y caí en el desierto.
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Las olas se elevan como espadas deslumbrantes. Atrás queda el bosque requemado, el olor de cenizas del incendio, el escándalo de aves voladoras. Incendiados los grandes árboles. Incendiados los ríos y los lagos. Los hogares circulares de la tribu. Las sementeras y los bosques. Los refugios de los dioses ancestrales.
Todo envuelto en fuego. Sudario. Fuego.
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Atrás los manantiales de la sangre. Atrás las fuentes. Las ondulaciones del aire se hacen pétreas al roce de la brisa y el sol. Todo queda convertido en monumento. Atrás.
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En el mar se mecen las canoas. Oleaje violeta. Las mujeres exprimen la leche de sus senos sobre la boca de niños y viejos. Es el hambre rl dios que nos derrota, que nos seca en las tierras muertas.
Los hombres recorren la playa buscando los últimos caracoles. Los ancianos se empeñan en marcar en cada roca los signos que indiquen, al que habrá de venir, el rumbo de la huida. Pero alguien vendrá? De la mole constelada del mar brota El Segundo Sol. Humea el mundo al recibirlo.
Entonces el pueblo hundido hasta la cintura en el océano pone a flote las canoas y se unen todas de proa a popa mientras aún resplandece el incendio. La flota en fuga gravita hacia oriente.
De dos en dos unidas por largos palos para resistir mejor las marejadas, viran las canoas empujadas por la fuerza de los remeros.
*
Un escándalo de pájaros se eleva. Una gritería de cantos y de adioses. Al mediodía, ya lejos de la costa, aún se puede percibir el olor inolvidable de la tierra quemada. Después, sólo el olor vivo del mar.
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Los días pasan, navegando. El aire se hace tan denso que los canaletes lo cortan con un ruido de tela que se rompe. Comemos los peces que atrapan las redes pequeñas o el artificio del palangre y de la lanza. Bebemos el agua traída desde las fuentes primigenias.
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Los sacerdotes la custodian: en cuencos de hueso, cráneos de mono pelados y labrados con minucioso amor. Bebemos el agua sagrada: el agua de la vida.
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Aparecen en el horizonte islas de suntuoso verde habitadas por montañas que rugen y por tigres. En muchas recalamos, pero el designio secreto revelado tan solo a los ancianos nos impulsaba más acá: hacia el oriente.
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Los Adánicos despertarán cuando la estrella aparezca en lo alto de la casa. Y habrá luces esa noche. Yo despertaré contigo y seguiremos hacia allá. Entraremos como Eva y Adán en lo oscuro. El barro es vientre amoroso.
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Como siempre cuando la noche cae, me verás asomado a la ventana espiando el paso de las estrellas fugaces. Solícito y congojoso. En este instante de vigilia me acerco a lo abismado como un jornalero que descansa después del trabajo excesivo. Piedra sobre piedra cae la casa del día y se acerca el tiempo del alba. ¿Por qué quiere el olvido el espacio que hay en mí para tu recuerdo? La noche es un altar donde velo tu rostro.
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Me quitaron la tierra del origen. Me dejaron en la arena sin herencia ni patria y ahora voy hacia ti cantando aleluya en demostración de júbilo. Porque Dios todo me lo dio y hoy me lo quita. Antaño fui un guerrero colmado de dones. Un día me quedé extranjero en mi propia ciudad. Desde entonces toco las aldabas de las puertas cerradas. Pero nadie me abre. Hundiré mis pies en lo invisible para que todos salgan.
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Soñaré los relieves de tu nombre. Naufragaré en los recuerdos que no borrará el adiós que pronuncias. Y viviré contra toda despedida. Puedo partir de esta tierra cada vez que yo quiera. Y nadie lo lamentará. Es mi destino el exilio.
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Tú me alejaste de ti cuando este amor se hacía carne y desnudez. Te apartaste como si yo no fuera el hombre de tus afectos y pasiones. Si hubieras tocado Lo que adentro se desgarra te hubieses arrojado al pasar la procesión. La estrella de los herejes quedó de pie y mientras tanto yo escucho sus latidos transcurriendo. Lo que brota de mí aquí está envolviéndose en palabras que he soñado y que a veces son tinieblas. Con ellas escribo para invocar el resplandor.
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El toro se colocó en posición conveniente para recibir la estocada. No hubo tiempo. No pude habitar la casa que soñamos. Todo lo destruimos: de los sueños no vimos los frutos. Esa luz del porvenir ahora pasa veloz bajo ese puente. Se eleva dejando la tierra de nuestra esterilidad. ¿Qué me queda que no sea la excusa? Esta ahoyadura abochornada por el excesivo calor. Me lanzaré al vacío, hacia dentro. Tal vez mañana me descubra unido a tu vuelo. Mi sequedad dará albergue a lo que nace.
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Estoy en este mundo como un pájaro dedicado a su oficio que es cantar. Me acostumbré a los caminos. A las flechas de las encrucijadas. Vivo en una casa de alquiler donde paso los días y las noches casi despierto. Ya no creceré más. Tengo la edad que se pone (a la cuenta del poniente). Por eso otra cosa no espero que no sea la consabida muerte. Por prudencia no diré más nada. Una llovizna está cruzando el cielo y nada termina. Cada hora nos llega como un vapor que se va.
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La tormenta es fugaz como silencioso ese relámpago que cruza por tus ojos, cielo mío. Esta noche te embelleces mientras yo me adormezco. Aquí estoy desamparado a merced de la muerte, Señor mío y también de los hebreos. A qué parte de la ciudad alegre te vas? Aquélla es la Casa adonde iré cuando salgas. Te dejaré mis talismanes para que no olvides a quien fue tu mancebo más hermoso.
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Vi la palabra, arriba mientras buscaba el acertijo que aún ignoro. Jamás hubiera pensado que lobo fuera ese mamífero carnicero parecido a la zorra. Este lo domestiqué con facilidad leyéndole poesía como hiciera el olvidado Orfeo. Con él ahora miro la sombra celeste. Y bautizo con su nombre la dicha que se queda en la piel como un hongo en la corteza de un árbol.
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Guía y cabeza del mundo es el sol. El muy señalado tiene aires de dios. Se distingue de todos nosotros no por sus modales violentos sino porque sin él la vida no podría comenzar de nuevo. Hoy bajo su luz levanto la cabeza. Hay luces que saltan por encima de los tallos gruesos escamosos y retorcidos. Qué resplandor de hojas alternas. Pareciera que un fuego amarillo se deslizara por los bordes de la tierra. Cómo se levantan flores en espiga y se abren los frutos. Todo canta y florece en este día del viernes que vivo sin verte.
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El Sol, padre de todas las cosas y de todos los seres, ha sido adorado tradicionalmente por hombres y mujeres desde que abrieron sus ojos. El Sol aparece en todas las culturas de la humanidad como el dios dador de vida. Como una divinidad que nace por el este, esplendoroso, cálido; sube hasta el cenit, inmenso, poderoso y luego cae para resurgir de nuevo. Ahora reseca la piel que se pega a los huesos, achicharra, abomba los cuerpos bajo tierra y en la superficie, seca lo nauseabundo, lo que ha reventado, lo que está por estallar, lo que se hace polvo ceniciento. Seca lo que antes latía, respiraba. Se proyecta en círculos, se expande en todas partes, en algunos con más intensidad que en otros, brilla, lanza sus llamaradas. Es un dragón subiendo, esparciéndose, quemándose en el espacio, transcurriendo, girando, proyectándose en todo lo es y será, esplendente. (¡Qué solana y resolana! Como para que los lagartos que tienen su piel bien blanca, "depauperada de melanina" según el lenguaje "políticamente correcto" que ahora se hace moda en el mundo de habla inglesa, salgan a tomar baños de sol, se asoleen tirados en las orillas de sus lujosas piscinas o en los balnearios de la alta sociedad.
(El Sol! (El nuevo Sol! Midas que hasta las voces
con que le apostrofo / me las torna de oro.
(Qué ganas de quitarnos/ nuestros trajes de oro, Moctezuma,
para que el Sol conquistador mirara/ todavía la carne viva y tórrida,
la sombra de tu cuerpo / y mi cuerpo de sombra!
Gilberto Owen (1905-1952. Mexicano)
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Este Sol me sofoca, me hace sudar. Vuelve sudor el poco alimento que me como y que sin duda es más de lo que se come diariamente uno de los "refugiados" de Ruanda, de los eternamente evacuados de sus tierras, desarraigados sin tierras ni casas, sin campos ni animales, sin rebaños ni esperanza alguna. Por este Sol que alumbra y todo lo torna de oro, vivimos. Y viven aún los que son echados por sus hermanos (Tutsi o Hutu) de sus pueblos. Bajo su mirada a veces inclemente ellos huyen de la destrucción y de la muerte. Sólo el Gran Midas los acompaña en sus largas caminatas, mientras van abandonando todo. Con ese dios de luz van y vienen sin saber hacia dónde, se alejan del látigo y del fusil, sobreviven el ahora en campamentos construidos por las humanitarias organizaciones de ayuda a los refugiados, que viven por supuesto de ese nuevo negocio que es "pedir para ayudar a los "refugiados". Todos los mortales, ricos y pobres, vivos y muertos, vemos el astro mayor en los alrededores de las ciudades protegidas por los ejércitos por razones de Estado.
Nadie fue ayer, / ni va hoy, / ni irá mañana / hacia Dios/ por este mismo camino
que yo voy. / Para cada hombre guarda/ un rayo nuevo de luz, el Sol... / Y un camino virgen/ Dios.
León Felipe (1884-1968. Español)
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El Sol, dice la lectura escolar, es una estrella: una esfera de gas incandescente. Su diámetro mide unos 1.400.000 Km. Es, por consiguiente, 109 veces mayor que el de la Tierra y unas diez veces mayor que el de Júpiter, que es el más grande de los planetas de nuestro sistema planetario. El Sol es el centro y gira y me arrastra en su giro vertiginoso, quemándome y a la vez reviviéndome, dándome la energía, la luz, el calor que necesito para no palidecer como los habitantes de las nieves. Ahora está allí, ante mis narices, dejándose ver. Su energía liberada se desprende hacia la fotósfera, la superficie luminosa. En su camino forma gigantescas burbujas de gas que dan a la fotósfera un aspecto granulado. La turbulencia de este burbujeo se combina con los campos magnéticos interiores del Sol y produce las manchas solares, esas zonas oscuras de gran tamaño que llegan a influir en el magnetismo terrestre.
"Relumbra el aire, relumbra, / el mediodía relumbra, / pero no veo al Sol.
Y de presencia en presencia / todo se me transparenta, / pero no veo al Sol.
Perdido en las transparencias / voy de reflejo a fulgor, / pero no veo al Sol.
Y él en la luz se desnuda / y a cada esplendor pregunta, / pero no ve al Sol.
Octavio Paz (1914. Mexicano)
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El hombre ya está explotando, o "mercadeando" la energía solar. (¡Con cuánta ambición lo ve el político mercader! Muy pronto se hará una realidad el sueño humano de convertir luz y calor en formas energéticas al alcance de los que puedan pagar los precios del mercado. Ya existen vehículos, cocinas, robots, plantas, aparatos que trabajan con energía solar. ¿Qué es lo que no puede hacer ese ser maravilloso y superdotado llamado hombre?
¿Qué perfecto / salto mortal / ha echado el Sol / hacia / el otro lado del mar!
Elías Nandino (1903- Mexicano.)
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Allí está el Sol, siempre nuevo, delante de mí que escribo desde una de las casas que están el patio de la Casa Grande del Señor. Frunzo el ceño, entrecierro los ojos, encadilados. Ya estoy cargado, con las pilas puestas otra vez para el combate diario que es mi jornada de sobrevivencia. Con el sobrecejo sañudo llego a la segunda cubierta de este barco que viaja anclado en una isla de Europa. Doy entusiasmado puntadas desde el centro hacia los bordes de una tela que no sé qué forma tendrá.
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No cabe duda: de niño, / a mí me seguía el Sol / Andaba detrás de mí / como perrito faldero, / despeinado y dulce, / claro y amarillo: / ese Sol con sueño / que sigue a los niños. / Saltaba de patio en patio, / se revolcaba en mi alcoba. / Aun creo que algunas veces / lo espantaban con la escoba. / Y a la mañana siguiente, / ya estaba otra vez conmigo, / despeinado y dulce, / claro y amarillo / ese Sol con sueño / que sigue a los niños. / (El fuego de mayo / me armó caballero: / yo era el Niño Andante, / y el Sol, mi escudero.) / Todo el cielo era de añil; / toda la casa, de oro. /¡Cuánto Sol se me metía / por los ojos! / Mar adentro de la frente, / a donde quiera que voy, / aunque haya nubes cerradas, / (oh cuánto me pesa el Sol! /¡Oh cuánto me duele, adentro / esa cisterna de Sol / que viaja conmigo! / Yo no conocí en mi infancia / sombra, sino resolana. / Cada ventana era Sol, / cada cuarto era ventanas. / Los corredores tendían / arcos de luz por la casa. / En los árboles ardían / las ascuas de las naranjas, / y la huerta en lumbre viva / se doraba. / Los pavos reales eran / parientes del Sol. La garza / empezaba a llamear / a cada paso que daba. / Y a mí el Sol me desvestía / para pegarse conmigo, / despeinado y dulce, / claro y amarillo / ese Sol con sueño / que sigue a los niños. / Cuando salí de mi casa / con mi bastón y mi hato, / le dije a mi corazón: / ¡Ya llevas Sol para rato!- / Es tesoro -y no se / acaba: / no se me acaba -y lo gasto. / Traigo tanto Sol adentro / que ya tanto Sol me cansa. / Yo no conocí en mi infancia / sombra, sino resolana.
Alfonso Reyes (1889-1959. Mexicano)
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Cuando baja el pastor de la montaña lo hace con todas sus ovejas. Para él ningún animal cabrío vacuno ni lanar es un pedazo de carne considerado como desperdicio. El que adivina descubre las cosas ocultas que todos no quieren ver y que algunos prefieren dejar en la oscuridad. Ayer un adivino me predijo el futuro. Por medio de agüeros y conjeturas me dijo lo que yo no quería que me dijera porque ya lo sabía: que soy el caído y que solo construiré la pirámide de los santos enigmas. Vano esfuerzo el mío. Los territorios profundos son del desterrado.
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Esta casa no tiene jardín ni recuerda a ninguna de Atenas. Alguien podría pensar que aquí hablamos de Platón y del héroe de Academo. Pero no es así. Ninguno de nosotros es filósofo. Yo no pertenezco a ninguna Junta de Académicos. Me instruyo por mi cuenta. Soy sólo un aficionado a las letras sin escuela ni doctrinas. Hoy contemplo un pájaro que a veces desaparece en el ojo que lo mira. Y no sé si es el tiempo.
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Cómo luchar contra el curso del tiempo. Lo que puede acaecer sucede inevitablemente. Yo me oscurezco en el momento presente. Concurro algún paraje desconocido, eso lo sé. Y cómo puedo evitarlo? A Dios pertenece mi alma.
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El cielo de un arácnido es el mismo de un obispo. Yo no soy girasol ni veo la luna desde las hierbas altas pero mi nombre es hermoso. ¿Quién ha oído mi respiración traqueal? Tan pequeña es mi alma y tan íntimamente unida al abdomen que no se percibe. El hombre me ha dicho parásito. Y en verdad lo soy de animales y plantas. Y por supuesto de él a quien trato con amor y ternura.
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Uno mismo es la luz fugaz. Ceniza de ocaso que va y viene. Uno mismo es lo que está y se aleja. ¿De qué nos servirán las quimeras? Sólo en el Infierno se ve lo divino, el paraíso.
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Callado él siente en lo íntimo esos golpes de la vida que pasan. Ella no habla. Olvidó los ritos del amor. El sueña que está sobre las hierbas con ella viviendo el paraíso. Duele saber que los sueños, sueños son como dijera Calderón.
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En esta hora incierta los amantes se dicen adiós. El mar quedó oculto como el cielo que ya no verán. Quizás mañana se pregunte uno de los dos: ¿existió este amor en este sitio de selva, noche y aguas? Ninguna pasión sobrevive a las penas.
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Toco el filo más alto de la primera letra que se levanta como la puerta del templo. Qué vocal tan de sonido español que se me abre como el compás de los masones. La A mayor del comienzo del abecedario, como dijera Ezra Pound en "El ABC de la Lectura". Arrimo la silla hacia mí y acerco la decimonovena edición de 1970 de la Real Academia Española para iniciar el juego del espejo con las palabras. Y todo esto sucede cuando las agujas del reloj se colocan una sobre otra, el sol sobre cenit, indicándonos la hora del almuerzo. Que muchos no tengan qué comer hoy y mañana, es otra cosa. Su harina se guarda en los costales a la sombra de los almacenes. "Que el hambre se quede en las partes laterales del cuerpo flaco del pobre", eso dicen los gordos mercaderes.
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Ella pronuncia la A con los labios más abiertos que las demás. Saca la lengua y la extiende en el hueco de la mandíbula inferior. La eleva un poco por la mitad del dorso hacia el centro del paladar. "La única pasión de mi vida ha sido el miedo que tengo de mi lengua", me dice con orgullo como esperando una respuesta que compense los afectos. Yo callo: sé que a veces es más impactante y efectivo el silencio que cualquiera palabra. Un timbre medio, ni velar ni palatal es el placer del texto que se construye un mediodía en la pantalla del simulador y de la realidad virtual.
*
Es mi ficción que aboliría en sí misma mis propias barreras, las clases, exclusiones, el hastío de este tiempo que parece buscar el complemento de la acción del Verbo. Es mi realidad que subrayo con una frase de Bacon: "nunca te excuses si desvíes la mirada de los signos reales. Nunca te expliques: la excusa será tu negación". Reinvento lo escrito sobre el cuerpo soñado del que habla Severo Sarduy. Punto por punto, letra por letra le doy realidad a lo imaginario para que exista -"Cuántos son ustedes, pregunto viendo la llamarada que se levanta de la pila de libros que el Inquisidor mandara a quemar. -Somos miles que suben y van por los caminos, las autopistas cibernéticas, los canales interiores, los pasillos de las bibliotecas como la del señor Borges. Al principio no se trató de un plan. Cada hombre tenía un libro que quería recordar, y así lo hizo. Luego, durante un período de unos veintes años, fuimos entrando en contacto, viajando, estableciendo esta organización, forjando un plan. Lo más importante que debíamos meternos en la cabeza es que no somos importantes, que no debemos ser pedantes. No debemos sentirnos superiores a nadie en el mundo. Sólo somos sobrecubiertas para libros, sin valor intrínseco". Es la primera escena de Fahrenheit 451 de los hombres-libro. ¿Por qué pensé en Pinochet al ver ese militar frente a la llama que quema el espíritu?
*
La amargura del pueblo no diferencia los tonos entre los sonidos de dos notas musicales de escala menor. Los más rudos, como dice Boethius, filósofo romano, se deleitan con los modos más rústicos de los Tracios; los más civilizados, con los modos más moderados.
*
La lengua mordaz suelta su virulencia, su ácido acróbata. Estimula la acción y el efecto. No conoce la clemencia del clérigo que sufre de calambre.
*
Para siempre soy plumaje de tu recuerdo. Un canto, un ojo refulgente fuera de tu corazón es lo que queda de todo lo que fue. Un pájaro solo en tus dominios.
*
¿Qué espacio o distancia hay de un tiempo a otro, del paraíso al infierno? En este tiempo pasamos de un lugar al otro sin distinguir entre los dos estados del hombre: el paradisíaco y el infernal. Comprendo que a veces uno siente más a gusto en éste último, porque del otro sólo conoce la manzana y los dientes de la serpiente.
*
Los que han perdido el juicio a veces dan más muestras de cordura que los cuerdos. Sé de locos que se han sorprendido de las locuras que han cometido sus siquiatras.
*
Van y suben nubes. Sombras que alcanzan la vida. Todos están despiertos. Regresamos ansiosos. ¿Quién no llama de nuevo lo que ansía? Es latido la hora que muere. Somos en la muerte, iluminados.
*
Oscurezco, devorado. ¿Qué mundo me llama? Veo los rasgos del sol, pasando.
*
El destino oscuro cae. ¿A qué eternidad aferrarse?
Esta memoria antigua tiene rostro de ausencia: ¿quién la retiene en su caer?
*
Lo pasado es lo celeste extranjero. Todo lo vivido vuela
cautivo en lo que es, sin máscara.
*
Persigo lo que me está viviendo. Vengo de abrir puertas. Regresé del adiós que lamentamos.
*
Huyo del allá desnudo que no es tierra, ese hundimiento del ser que es olvido desgarrado.
*
Vuelvo palpitando de la sombra. Muere en nosotros la congoja que se siente en el desierto.
*
El Caído vibra aturdido, gravitando en el Otro celestial.
*
De nosotros son las ruinas. Lo soñado que fuimos se oscurece.
*
Todos los Insondables son el cielo que sufre en nosotros.
*
Lo que aparece es nocturno. Es el reposo que se resiste, lo invocado atrás.
*
Contémplame: encuentro descubierta la historia que huye hacia lo azul. Desdoblado vuelo, simulo dormir donde desaparece la luna. Mírame. Derribado desciendo, danzo. Hace tiempo que descanso.
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Di que voy, que me hundo subiendo. Morimos y estamos sumergidos en el desamparo. Lo oscuro es invisible. Se deslumbra con lo que nace.
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Cuando perecemos el alma de nosotros busca consuelo en los círculos que fluyen perdidos. Y el alma transcurre temblorosa.
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Lo nacido de la tierra se duele contigo. Cómo puede eludir si vive sin sosiego el camino de los abandonados.
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Subimos rápido la montaña de seres que se quejan. Ahora, asombrados, vemos lo que está muriendo en los caminos.
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Fue vacío lo fugaz. Adiós veloz que no volverá a vivir del resplandor de la tierra.
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Regresamos silenciosos. Es vivir la espera el Paraíso?
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Búscame, estoy en lo que muere. Encuentro estrellas
ocultas. Quiéreme. Nada vuelve sin conocerse. Desaparece
cuando es porvenir ese pájaro.
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Muriendo transcurre lo rendido, lo que retorna a la luz.
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El adiós es solo una palabra del vivir.
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¿Quién le teme a lo que duerme como águila o pájaro en la noche que cae? El universo colmado de vida, gira como el hueco que atrae.
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Ven desnudo. Abre las puertas para que no te despidas. El pasado no cuenta. Hay que vivir.
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fui acaso noche esperándote en el camino que invocas cuando el deseo resplandece.
Mañana, afuera serás albatros, aire que se vive.
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Los adioses son hierbas de olvido.
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Vivo de pronto como si fuera monte. Como llama fatal que se abrasa a lo que me nace .
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Al despuntar el día se muere lo oculto.
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Bajo el sol lo breve es el viaje que no termina.
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En ti está escondida la ocasión de morir. No es
un misterio de ese nombre que aquí tienen como dios.
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El ángel es el reflejo del alma de la vida que nos sobrevive.
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El ojo no anticipa su hora. ¿Qué desciende sobre mí?
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A tientas el espíritu vuelve al origen. Es luz de lo que nos creó y nos sigue creando.
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¿Qué destino llora lo pasado? Mientras se muere se ansía lo que ha de venir.
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Hay que vivir el paso largo de ese corto momento que es la vida. Porque de todo lo vivido sólo queda esa hondura que a todos nos sostiene.
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No podrás escapar de la llama atroz que nos consume. Cede al olvido el recuerdo de todos los placeres. Porque ningún desencarnado de temor se llena. Aunque el alma débil haya tocado el clarín de los Celestes.
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El delicioso encanto de la Noche del Ser: ¿quién pudo crearlo? Las horas de la materia comporta signos y misterios inescrutables.
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Vamos hacia donde salimos y nos abismamos. Sólo quien muere lo comprende.
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Los que nunca desdeñan el riesgo de la vida, vuelven a las oscuras manos del olvido.
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Más que a la vida, yo deseo asomarme a la muerte que lleva el veneno mortal para nosotros.
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No viven los que nunca vieron sus desventuras.
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No esperan ver mis ojos el remo condenado y la tierra prometida. Las vendas de la maldición cubren la imagen de mis huesos secos.
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Ama el vuelo del pájaro. Vive el instante, gózalo. De la soberbia que somos: ¿Qué queda? En hedor se convierte lo que aire.
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El Cielo nos expulsa. La vida volverá aunque no la merezcamos.
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Toda cosa proscrita no es duradera. Los que eligen buen destino vuelven siempre a la orilla del mar donde mueren los años. Tantos serán los tormentos que nos esperan que es corto el placer de la vida.
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Ningún espíritu gozoso ahora halaga mis oídos. Todos los que han sido: ¿Con qué fuerzas cambiarán el destino?
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Ninguno de nosotros vive la dicha que es la vestidura de la palabra.
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¿Adónde fue la dulce patria de todos mis amores? ¿Adónde fueron las penas de mi alma? En este puerto me quejo del largo pesar. Vivo en la ausencia.
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No es posible extraviarse, no hallar el camino que conduce al sepulcro. Jamás verán las flores de la pena los que van a morir. Lo que vive siempre vuelve a este lugar de angustia.
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¿Es mi casa la tierra? De todos los esfuerzos se encarga la muerte. La vida de los mortales es un desear que apenas se defiende del olvido. La memoria de los que en la vida recuerdan es la tumba del vivir.
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La inmortalidad es un caer. Es la subida por el pasto de lo fugitivo, que nunca permanece.
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Nuestra gloria es efímera. Los gusanos nos devoran. Dile adiós al mundo que vive sus deseos.
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Se perdieron los sones de la trompa. Los que viven, con el pasar de los años, se hunden en la muerte.
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En la antigüedad fui servidor de Apolo, quien me llamó Abaris, el "hiperbóreo de la flecha de oro". Durante mucho tiempo -hablo de siglos y siglos desde que el mundo era un ojo de tierra incandescente- viajaba por el universo sin necesidad de probar bocado. Conocía el abecedario de los pensadores y los idiomas de todos lo seres visible e invisibles que poblaban todas las galaxias. El Dios, cuyo nombre es el primero y el sonido mayor que suena desde el alfa hasta la omega, me concedió el don de la adivinación y la virtud de apaciguar las tempestades.
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Enseñé a los pájaros la lengua de los ángeles. Y a las ranas verdes las primeras vocales que después oyeron los primeros monos y aprendieron a pronunciar con los labios semiabiertos. Las hembras en las tardes amarillas extendían la lengua, sacándola del hueco de la mandíbula inferior y la elevaban hasta producir un timbre medio, un sonido semejante al que hacen las abejas de los cielos elípticos. Los machos sólo imitaban la voz perceptible que salía alada del centro del paladar como una promesa de los dioses.
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Después del estallido del Verbo que dio origen al surgimiento de otros verbos en infinitivo, descendí al trono del olvido. La maledicencia, que no conoce la sabiduría de los ancianos, me acusó de haber empleado los huesos de Pélope (hijo de Tántalo, quien lo sacrificó, descuartizó y sirvió en un festín al que había invitado a los dioses) para fabricar una estatua de Minerva. Con saña se dijo en esos tiempos heroicos que vendí el famoso Paladión a los troyanos después de haberlos convencido que había caído del cielo.
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Hoy he resucitado. Fui devuelto a la tierra de los hombres sólo con un paracaídas, pues en el Olimpo consideraron que no era merecedor de bajar en un caballo alado. Esta tarde oigo con nostalgia los cantos desolados de un cristofué solitario que ve caer el sol. La música de Wagner emerge del fondo oscuro infernal que visitara Orfeo al enterarse de la muerte de su esposa Eurídice. Los signos opuestos suenan en el aire como espadas enfrentadas, como fuerzas antagónicas. Es el drama que evocan las palabras más triviales y cotidianas. Es el drama de la existencia misma que se debate en el tiempo y cuyo fin es la tragedia. Es el drama del hombre expulsado del paraíso, a la intemperie, a veces en lo oscuro, a veces en lo claro. ¿No es su corazón el campo de batalla donde se enfrentan el ángel y el demonio? ¿No se encarnan esas fuerzas opuestas en el hombre que lucha por trascender más allá de sus pasiones? "Yo tengo necesidad de vivir toda la diversidad del mundo y de sus pretendidos contrarios...El universo no tiene ningún sentido", nos dice Saint-Exupéry, autor de El Principito y Tierra de hombres. "Entre los hombres de esta especie ha surgido el peligroso y terrible pensamiento de que, quizá, toda la vida del hombre es solamente un malicioso error, un brutal aborto de la primera madre, un salvaje y cruel intento fallido de la Naturaleza. Entre ellos ha surgido también empero el otro pensamiento de que el hombre quizá no es solamente una bestia que razona, sino un hijo de Dios destinado a la inmortalidad", refuta Hermann Hesse.
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Esta citas superan sin duda la intención maniqueísta de mis palabras. Plantean las dos perspectivas del espíritu y de todo lo que se le parece, como dijera André Bretón. El hombre por un lado es bueno y por el otro malo. Se mueve entre dos aguas turbulentas que lo llevan y traen, que lo empujan. Es el que asume en su contradicción, y en su destino de condenado, la tragedia humana: "Mis monstruos "buscan a Dios entre gemidos", cosa que casi nunca hacen los monstruos que nos rodean, monstruos que nosotros mismos somos", según nos lo plantea Francois Mauriac en una especie de justificación por haber introducido en sus novelas, (cuyos personajes favoritos son burgueses provincianos de Gironde) demasiados "monstruos".
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El drama humano camina en dos pies, usa vestidos y es un hombre, aunque en realidad a veces no lo es: "...para su fuero interno tan pronto vive como lobo que como hombre, como suele suceder en todos los seres nacidos del cruce de otros dos..." (El Lobo estepario). Es el drama que desarrollan los personajes que en este lugar del universo luchamos para sobrevivir. Pocos son los héroes, muchos los antihéroes. Pero todos, víctimas y victimarios, somos protagonistas de un conflicto que así como se desenvuelve en el exterior también se realiza en el interior del alma de cada uno de nosotros.
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Podría decirse que vivimos en un litigio constante, en un combate permanente con el demonio que despliega sus encantos afuera y adentro. Que nos convida al éxtasis de la condena. Pero el drama, como dice Eugenio Trías, termina siempre resolviéndose como una sonata. No hay drama sin solución, sin desenlace, sin cadencia. Y la música cadencial que ahora estoy oyendo parece ser la sonata de un fin. Todas las fuerzas caóticas desatadas se orientan hacia un punto de llegada. Los zamuros siguen su trayecto, vuelan impacientes por encima de las piedras y los cuerpos que abajo se corrompen. Y el coro, también arriba, canta el desenlace que completará la estructura formal que en este momento se agita en el nudo conflictivo. La perspectiva que ofrece la realidad en efecto posibilita el despliegue de una polifonía de gritos y tumbas. La tragedia recorre nauseabunda por todos los rincones de este espacio de gravedad que parece encenderse.
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Desde niño fui tocado por el dedo mágico de la Musa, perdón, por la trivialidad. Adoro a todos los poetas. El poeta es un parnasiano, me dice un descendiente de Ronsard. Yo seré un parnasiano en París.
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Porque estoy desambientado, trastocado. ¿Qué esperaba acaso: baño de sol en la niebla, o lluvia de nieve en el sol de esta ciudad aburrida?
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Tendría siete dobleces de locura en el alma aquel que habiendo perdido sus vestidos en el sol gimiese a la hora de la lluvia. ¿De que loco olvidado son estas palabras que me vienen al pelo de la locura con Prozac, 20? De un prosaico olvidado.
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El viento va y viene como si fuera el único habitante. Deshace las ruinas de lo que ya no será y el recuerdo de los que murieron. El tiempo consume. Nos desvanece. Sólo cierta escritura quedará como prueba de que alguna vez existimos.
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El buen tiempo, me dice el Vidente, está en el trabajar en el interior de uno.
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Soy crapuloso. Soy poeta y trabajo para volverme vidente. Por eso desarreglo todos mis sentidos.
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El destino, esa dudosa metáfora a la que todos tememos, me ha puesto exactamente en el sitio que no hubiese escogido para estar: en esta "provincia de buena opinión". Sin embargo, yo, hijo de la imprudencia, he concebido otro mundo donde sueño las veinticuatro horas del día. No fijo la vista en lo que está más allá. Escribiendo me mantengo en forma. No aspiro a más nada. La Inmortalidad me tiene sin cuidado.
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Vuelve los ojos hacia la incandescencia. Las sombras del abismo cubren la ciudad. Llueve. Las aguas arrastran los despojos humanos. Hay niebla y escombros bajo los arcos.
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El se hunde en el barro entre raíces y conchas. Vino de las oscuras soledades. Como resucitado. Entre tumbas y cruces carcomidas, sus ojos muertos divisan los pájaros que vienen de los altos fulgores.
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Bajo el breve resplandor de un relámpago lee su nombre. Está allí sin luz. Oscuro y con los ojos blancos, escondido entre huesos. Caído en las arenas. ¿cómo puede acudir al llamado profundo?
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Ha permanecido cubierto de polvo y telarañas, lleno de olvido. Bajo una lápida sin inscripción están las escrituras inefables como sombras que serán eternas.
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En el centro del bosque está la aldea deshabitada. Siguen encendidas sus lámparas de largos siglos y largas noches. El viento arrastra la antigua memoria cargada de tragedias. Soles apagados. Como estatua, como sombra de piedra quedó. Conoció los mitos secretos, descifró silencios terrestres. Y esa muerte tranquila, ese espejo asediado entre manos llenas de espesura.
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La niebla lo va llenando todo. Se extiende. La noche golpea sus ojos. Una estrella vencida y ruidosa cae sobre los montes. Ha caído de sima en sima. Despierta en el misterio. Ha vuelto de los espacios volcados. Siglos van hacia las puertas como ondas, como cascadas.
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Inacabable, cercado, se cubre de pieles. Pisa los tapices que cubre la sangre. Estuvo girando insondable en aquella vasta incertidumbre, entre flores.
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Lunas sumergidas en cielos perdidos hay en los espejos como voces que transcurren. Allí ha permanecido en silencio, cabizbajo, deshaciéndose.
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Largos follajes con eclipses se cimbran al borde de los ojos. Relucen al borde del alba.
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¿Qué hundidas miradas se alzan entre noches de antiguos secretos? Muchos inviernos han caídos sobre sus huesos. Muchos veranos. La tierra devoradora ha sentido más de una vez el amor de sus brazos.
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Una vez huyó hacia la zona más alta buscando la primavera, esa tibia respiración. A tientas buscó el sol cubierto de hojas. Se arrastró por las cenizas. Y vio ese caracol con sus patas heladas, abismado.
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Dejó su pecho enterrado sonando, soleándose. Se sacó los ojos de sus selvas oscuras y los lanzó al vacío. Y vieron los relámpagos lanzando llamaradas. Desde entonces se quedó ciego, temeroso de rayos y centellas.
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Su tumba está por hundirse. Despertó. Ha regresado de la profunda noche donde somos apenas siluetas girando.
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Vuelve a vestirse de sal. Se quitó la corona y caminó entre las azucenas. Su reino se deshace.
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Escuchó otra vez el oleaje. Aguas sumergiéndose. La lluvia devastaba la ciudad de los sueños.
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Corrió por la orilla del abismo. "Aquí me ataron de manos y hundieron sus garfios en mi alma. En este paraje de la noche me dejaron solo, sangrando", recordó.
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Sintió pasos de sombras acercándose. Se tocó la herida
en el costado. Siguió corriendo sobre hojas. Unos ojos lo miraban pasar veloz.
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A un lado del camino vio sus pertenencias, sus libros errantes. Cruzó silenciosamente los siglos. Abrió nuevamente los ojos. Cuánta claridad bajo el cielo. Cruzaron relámpagos y estrellas fugaces.
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Entre sus pies crecían las violetas. "Aquí una vez se desató la muerte", volvió a recordar. Sacó el fuego de la flauta y comenzó a cantar.
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Resplandeció el polen. La risa se levantó del suelo y se fue con el viento. Flores cubrían las osamentas. Cuánta quietud extendiéndose. Amainó el sufrimiento. Se levantó. Tenía que reiniciar el viaje. Los ramajes caídos eran como venas socavadas. Se internó entre lo helechos en penumbra.
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Caminó sobre ruinas. El viento llevaba y traía papeles amarillentos. En ellos se escribieron tratados de Paz, firmados con sangre. Pero nunca hubo paz. Jamás hubo silencio en esta tierra oscura.
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Escribe Adán, desde su cautiverio: “El Fuego Celeste –el mismo que robó Prometeo a los Dioses Terribles- está sobre la Piedra (metáfora de la eternidad), reverberando en un lugar retirado del mundo. ¿Qué ser divino mora, qué ángel vive cerca de la zarza que arde?”
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El corazón del ermitaño gusta de la soledad. Sobrevive lejos del ruido y de la tentación del pecado. Que lo acecha como hiena presta a devorar la carroña.
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En un lugar apartado -entre el quicio y la Puerta del Cielo- el que toca la Lira Celeste hace sonidos por repercusión. Junto a él alguien –que podría ser su verdugo- chasquea el látigo. Un poco más allá, los sepultureros cuentan los hoyos y los muertos que faltan por enterrar. ¿Quién salvará lo poco que queda de ese hombre pequeño que se vanagloriaba de sí mismo?
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El alma entregada a la Autoridad, al Sumo Sacerdote de los Cielos y de todo lo creado, no es el nombre de inmortalidad. Aquí en la tierra tenía por oficio vivir a expensas de las flaquezas de su propia especie. Los demás animales no eran considerados espirituales por ese dechado de virtudes que se llamaba hombre. Su alma sublime ciertamente era insoluble en agua, pero terminó ardiendo sobre una bola de fuego. Según la crónica de un extraterrestre, la carne humana se quemó tan pronto como acabó su capacidad para resistir. Ardió produciendo mucho humo con olor a azufre.
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¿Qué podría escribirse después de la Hecatombe? Los gentiles fueron los protagonistas de la gran matanza. Ahora el entusiasmo de la raza diezmada es gris. Sólo el espíritu se ha levantado de las ruinas como ave fénix. Pero el aire negro trae el olor de la peste y el canto de un pájaro que sobrevivió.
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¿Qué entrega hace uno de sí mismo? Mi alma no muestra conformidad en las adversidades. No se resigna a ser lo que es: hoja de un árbol que resiste todos los embates.
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¿A qué velocidad vuela el estornudo de un cuerpo infectado y maloliente? Soy alérgico a todo, menos al amor. Por eso mi carne permanece al borde del olvido. Es polvo enamorado.
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No puedo precisar el motivo de mi confusión. Soy torpe y me opongo inútilmente a la acción de una fuerza que me arrastra. A veces la virtud se apodera de mí y la tristeza de los analfabetos me invade. Sólo entonces puedo ver la distancia que me une al poema que es mi única patria.
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El instante cierra el ojo del crepúsculo: no es visible el camino. La tierra ahuecada y minada oculta las entrañas del bufón que se ríe hasta de su propia pequeñez jorobada. Nada verás con los ojos en la mano: el cielo desaparece para los que no han visitado los lugares más próximos.
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Más acá de tu sombra se sumerge la luna. Sobre ella tres enanos sacan resina de ciertos árboles. Y cantan.
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La memoria esta noche es una oscura prisión llena de rostros taciturnos que apenas si puedo distinguir. ¿Cómo haré para revivirlos?
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Los recuerdos se diluyen entre remolinos, desaparecen en la noche de los tiempos. ¿Habrá que morir para resucitarlos?
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El cristal de Carlomagno refleja los colores del aire que huyó de la mano. El roce no es fortuito: en la pared el cuadro se hace luz, carne.¿Qué deseo se revela bajo el hechizo del verbo? Lo imprevisto derriba el mástil del pequeño sol que golpea su cabeza contra la tela azul.
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Algo más tangible que la felicidad me apartó del discurso de los equívocos; me libró del sopor que me ahoga. Ahora he vuelto a casa, sin volver y duermo con ella subida de ganas. Soy dentro de su vagina el pez que llaman remolino.
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El resplandor del rayo ha regresado conmigo a este lugar donde la reverberación del sol se prolonga más allá de la siesta. ¿Cómo podrían mis ojos oponerse al resol cotidiano? La resignación es la costumbre de los que se dejan llevar sin protestas ni miramientos.
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En mi corazón arde el fuego invisible. Vivo la pequeña dicha de las luciérnagas. Hay lumbre en mis ojos cansados de ver sólo papeles. ¿Será que está entrando el sol o saliendo? Mi alma no repele la luz en demasía, sólo se encandila cuando se asoma a los ojos, después de tanta oscuridad.
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El viento caliente no me deja resollar. No sudo ligeramente, sino con exageración. ¿Qué puede volverle la vida a un muerto? ¿acaso la respiración boca a boca? Abro la mía lo más que puedo como una lagartija abochornada y doy resoplidos como si fuera un toro con asma. ¡Cuánto calor hace en esta pobre comarca plena de iguanas! Debo tomar sin demoras una resolución. O tolero el verano y sus mosquitos, o me voy a la orilla donde los monos blancos gruñen. Pronto caerán las hojas del exilio y aún yo sin atreverme.
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Escogí la intemperie a la puerta enrejada. Ahora veo el cielo desde el asiento de un autobús que también tiene sus resuellos fuertes. ¿Será en una loma extranjera de donde miraré la cola del gran cometa que vendrá?
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El pajonal es rojo como el ojo del Sol. Se inclina ligero y elástico, cantando. Esparce hacia los cuatro horizontes su encantamiento: luces como sonidos que alumbrarán la sabana en la noche oscura.
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Un anciano ya muerto cruza el horizonte de espigas. Atrás quedó su casa sola, sin luz y sin flores amarillas. ¿Quién la habitará? ¿quién limpiará el terreno cuando lo pueblen las retamas? ¿qué familia bajo su techo se servirá las comidas? Tal vez los nietos o bisnietos (si es que sobreviven a la Gran Guerra) vengan a parar al caserón donde vuela la caspa y el olor a vejez. Pero nadie tocará las castañuelas como lo hacía la joven Francisca para el viejo cascarrabias que pasaba su tiempo componiendo poemas.
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Los pormenores del viaje siempre son circunstanciales, secundarios. No importa la escenografía. Cualquiera puede ocupar la vivienda y ordenar allí su mundo según su voluntad. Pero nadie podrá hacer suyos los recuerdos del que se fue persiguiendo el avestruz solar.
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Un anciano llega al poniente. Atrás quedó la sombra del mundo echando candela. Y quedaron las lápidas ya negras donde apenas si se pueden leer los nombres de los que a veces volvían para contar cuentos y reír con el poeta.
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Un niño se asoma a la casa grande y destartalada donde vivió su antepasado que versos escribía. Sus ojos vivaces sólo ven telarañas, hormigas, alimañas, murciélagos y maderas podridas.
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En el jardín, entre rosas y malezas, sobre las hojas muertas, se oxida la llave de la puerta que jamás se abrirá, aunque se caiga. O se pudra.
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Insistió una y otra vez. Durante horas esperó tras la puerta. Miró hacia arriba: el péndulo rojo ya regresaba. Insistió nuevamente. Hundió la cabeza en la oscuridad. Pero nada le fue revelado.
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"Era un falso profeta", dijo uno que pasó como una exhalación por su lado. "Confundió la bóveda de cristal con un espejismo".
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Murmullos alegres. Voces subidas de tono. Rayos sobre la superficie azul, transparentes, arteriales. Un golpe seco en el cuello y sale disparada la cabeza. ¿Cómo hará su dueño para unir nuevamente las carótidas? ¿Podrá mirar más allá del espejo que el ojo no ve?
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Entre bambalinas está la máscara desprendida. Que no bajen el telón. Que no cesen los aplausos ni apaguen las luces. Debo todavía terminar mi último parlamento y morir con Hamlet, definitivamente.
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Descubriendo la Montaña vi los espacios abiertos. Ante mis ojos la vida (y la muerte) se quitaba una a una sus máscaras. Y todo, lo visible e invisible, caía como un lento morirse. Todo caía, pero no para siempre jamás. Lo que fue retorna otra vez bajo otra forma, con otro ropaje para volver a ser. La vida, que es un ir y venir de aquí para allá, cada día es una resurrección. Una vuelta del tiempo infinito. Un hacer continuo que nunca acaba porque su destino es la eternidad.
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Hay que dejar que la raíz se vuelva viento. O pájaro. O alma emplumada. Y que vuele y caiga en esa otra tierra fértil que espera por la promesa de la vida anunciada. Tal vez mañana sea la voz que nos levante de la muerte.
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¿Qué puede decir quien nunca ha tenido casa ni tierra alguna para enterrar a los suyos? ¿Qué puede sentir un desterrado que fue arrojado a los desiertos? El exiliado que se detiene por un instante para ver el crepúsculo después de siete largos días de camino: ¿qué añora bajo la luz del ocaso? Frente al mar la tierra de uno es más querida. ¿Acaso no se aprecia mejor el agua en la escasez? El ciego valora mejor la luz en su ceguera. Cuando tuvo dos ojos para ver, no vio.
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Hay que dejar huellas en los caminos. Huellas imperecederas que expresen todo lo que hemos sido, de noche y día. Esas huellas eternas serán nuestro humano testimonio y hablarán por nosotros más allá de los siglos. Por eso no debemos desmayar en construir la humanidad que queremos, aunque no regresemos para ver lo que dejamos como herencia al futuro.
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Hay una puerta en la noche por donde pasa la luz. El más acá se ilumina y aparta lo opuesto a lo claro, ese signo contrario que opone resistencia para imponerse. A medida que avanza ganándole terreno a la esperanza, el paso del hombre se retira hacia la sombra. ("Venimos de la noche y hacia la noche vamos", dijo sabiamente el poeta Vicente Gerbasi).
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Hay una mano de fuego estremeciendo la tierra. ¿Será que quiere que todos caigamos y flotemos en el aire? De lo alto se desprende una escarcha negra que enceguece a los pocos que ven. La ceguera, por ser humana, también es atraída por la fuerza de gravedad, que se hace más grave y ennegrece con tantos muertos.
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¿Al abrigo de qué rostro nos protegeremos?¿Lejos de qué muerte inevitable, huiremos? Para donde quiera que vayamos la muerte irá con nosotros como una maldición que debemos exorcizar para despojarle parte de ese poder que nosotros le hemos otorgado. Porque aunque la muerte es natural también es natural que la vida se dé sin ninguna violencia y sin la intervención de ningún victimario. No son verdugos lo que necesitamos, sino civilizadores. ¿Cuántos de nosotros no somos mercenarios de las fuerzas malignas que nos cercan? Que lance la primera piedra quien esté libre de pecado.
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Nuestro destino está en el ojo del cuervo que espera nuestra carne. Oigo sus graznidos rompiendo la quietud del mundo. Un día y nunca más será para nosotros esta tierra roca de refugio. Un día y nunca más será nuestra muralla. Hoy la defendemos con sangre, a costa de los que entregan su vida para que la vida perdure más allá de nuestra transitoriedad. Pero, ¿quién podrá resistir por tanto tiempo? El que aguante es porque tiene el corazón levantado, tan alto que no puede morir. ("Aguanta corazón, no te me quiebres", dijo el poeta José Eugenio Sánchez Negrón).
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¿Qué puede uno decir cuando viene, en un día de tragedias, llantos e infortunios, un emisario del mismo Destino y nos revela lo que va a suceder? La muerte que veremos ya está aquí. Sólo tenemos que abrir bien los ojos, detenernos, porque llevamos mucha prisa y hay que ver bien lo que está ocurriendo a nuestro alrededor y que no es nada halagüeño. Los que hoy caen muertos o ensangrentados, abatidos por sus propios hermanos, o agujereados por las balas de los asesinos de siempre, o mutilados por las bombas del odio y la maldad, o mueren víctimas de las más terribles y peores de las enfermedades como el sida, son en verdad pocos para los muchísimos que caerán en el futuro que está a la vuelta de la esquina y nos ladra como un perro hambriento o como un dragón deseoso de venganza. (Cuántas y qué pesadas son nuestras iniquidades como para que los dioses y el mismo Dios estén tan decepcionados de nosotros y nos arrojen tantas pestes como las que ahora nos están cayendo! Piedad deberíamos pedir, no por nosotros que estamos viviendo mal que bien, sino por todos aquellos que están naciendo y que nacerán en este mundo corrompido que está fraguando su propia destrucción.
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La vida, me dice un sufi maestro sentado sobre una piedra a la orilla del sendero, es un camino de muchas encrucijadas y siempre nos lleva al mismo sitio.
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Habla de la esperanza sin fe. Habla del país devastado ("hay que reconstruirlo"). Pero no hace nada. Dice que las flores brotarán de las ruinas. Pero no tiene ni alma ni oficio de jardinero. ("La primavera llenará de rosas esta desolación", eso recuerda de un poema que leyó al amanecer cuando casi todos dormían).
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Mi palabra se arraiga en el silencio. No es murmullo de agua. Digo polvo y cae la sombra de un pájaro muerto. Digo piedra y se me resecan los labios. Mi palabra no tiene raíces. Es árbol sin hojas. Es canto sin pájaro, en el aire. Es aire.
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Tomó una rosa blanca y recién cortada. Se acercó a la orilla del río y la deshojó. La corriente se llevó los pétalos ya mustios. Se levantó y descendió por el camino que lo llevó a la muerte. Ahora se sume en el fuego que lo purifica.
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El emigrante de lejos se venía buscando. ¡Cuántos años habían transcurrido desde que salió de su casa para jamás volver! Nunca supo cuándo dejó la tierra de los farallones y serpientes.
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La noche discurre entre repiques de campanas. Hoy no tengo la frescura de las flores, estoy mustio, fúnebre, vallejiano en Venezuela con aguacero, entre balas, heridos, muertos, bocas hambrientas, decepciones, calenturas, humaredas, dolores y tristezas. Y un etcétera que omite las calamidades que faltan por decir.
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Esta casa se cae. ¿De dónde viene este polvo que la inunda y cubre los objetos con obstinada persistencia? Hay telarañas en las paredes, en los rincones, bajo los marcos. ¡Cómo cuelgan del techo como alimañas! Hay polvo en todas partes. "Es la soledad", pienso. "Es el olvido", dijo ella con saudade.
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La vida en esta casa se extiende bajo el techo como un enjambre de insectos. La araña del tiempo teje su fino velo sobre mis huesos. Pronto amanecerá y tal vez no veamos lo tangible: lo demasiado humano como dijera Nietzsche, el soberbio.
*
Toda la soledad del mundo cabe en mi alma. Hoy no he visto rosas, sólo canta la tristeza como un cristofué. El sol ya se va, sale de mi casa para que entre la noche. Poco a poco me invade la frescura del anochecer.
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Terso, limpio, bruñido, puro, fluido, así es el lenguaje del tiempo color verde heráldico. ¿Quién sabe cuál es la distancia que recorre todos los días? Su voz tiene la altura propia de cada voz. Me deshace con tesón y de todos mis trabajos deja un catálogo, una breve antología que quizás dure unas horas como la vida de una luciérnaga; unos pocos días tan breves como la existencia de esa rosa que se mustia ante mis ojos impávidos. Aún así los publicaré solemnemente. Tal vez alguien vea en ellos la frase que se me colocará como epitafio.
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Digo una oración que me libre de las confusiones y de las asperezas de los días secos y agrios. Señor, envía lluvia sobre mis huesos para que echen raíces, crezcan y florezcan.
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Un altar no es un aposento para los estudiosos ni para los incrédulos que viven lisiados del alma. Un altar no es una alcoba para los alevosos que aletean sobre la fruta caída que se pudre. Un altar no es simplemente una mesa para celebrar una misa en honor a cualquier dios. Tampoco es un ara para los sacrificios. Este que ves entre peñascos lo hizo un pescador que nunca se guarneció de almenas ni vio el mundo desde las atalayas. Las olas un día arrastraron su cadáver hasta la piedra vieja que fue levantada por unas simples y callosas manos que no fueron de un animal cuadrúpedo.
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¿Qué heraldo celeste hacen saber hoy los mensajeros divinos a los hombres? El mensajero no es de la naturaleza de la hierba rastrera. Es ese relámpago que arde fugazmente entre tus ojos como una vena de la muerte.
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Los escritos del agua no son los trazos del besugo ni las huellas memorables de las grullas. Son las escrituras inefables que todavía nadie ha podido leer.
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Volverá el cazador a la colina. Y cuando llegue, sonará la fístula flamígera y el valle floreará. Y la mata que tiene forma de abanico echará nuevamente sus frutos. Yo estaré con los ojos abiertos, viendo el Sol florido de rayos, subiendo por encima de la casa de los hombres.
*
Tallé en el marfil los rasgos y me fui. Me llevé el azabache flauteado. En el camino lleno de flores rojas y amarillas, veo aún los ojos de un mamut. En la arcilla blanca un galope de caballo levanta vuelo hacia el oriente.
*
Dibujo en la arena un río que fluye hacia las tierras holladas. Llevo días buscando mi tumba, pero todavía no he llegado. Desde el mar agitado partí y nueve días más tendré que mirar desde este sitio desolado el muro del olvido que fue el Muro de los Lamentos. Esos huesos regados han sido lamidos por el tiempo. Sobre ellos no volverá a ponerse la radiante estrella de las profundidades.
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Dioses arriba, en la roca de aire, vuelan como nubes ciertas, como halcones de fuego. Son los dioses primeros que amaron los griegos, los Soberanos que Homero, Rilke y Hölderlin, entre pocos, dieron a conocer. En Andalucía los vi gozar de una gloria que parecía eterna. No eran los mismos de La Sagrada Escritura. Ni los cándidos que según algunos dan felicidad. Eran los dioses del Apocalipsis.
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Soy una persona ruda e ignorante. Pero no una bestia. Odio la brutalidad de los civilizados y la irracionalidad de los que se jactan de ser cuerdos. Mi carne no es blanca, pero no por eso me resiento. A Dios gracias he aprendido a despojarme de todos mis prejuicios y pasiones. El racismo no sirve para lustrar los calzados. Aunque, ¡cómo quisiera negrear el blancor presumido de los europeos que ya se agitan de nuevo con aire amenazador como si fueran los reyes de la Tierra!
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¿Dónde, en qué parte del mundo oscuro dejé mi cueva, en qué tierra bisonte tendré una vida holgada? En esta piedra no hay cuervos, pero sí hienas. Y donde hay carroñas hay también zamuros.
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Un suceso cotidiano es la vida que en todas partes despierta.
Es la hora de abrir los ojos y apartar a un lado los libros que me acompañaron buena parte de la noche. Solitario me alejo otra vez del círculo de los sueños para iniciar la faena diaria. Es la hora del ritual consagrado durante siglos por todos los hombres.
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El fuego de la pasión me devora. Aparto los labios gruesos de la flor delicada que vive del besuqueo. Betica es de Andalucía y ama el sonido de una buena guitarra. A veces me besa repetidamente, tanto que me olvido del alfabeto y de los buenos modales.
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Cerca están los cielos de los jabalíes. Y más cerca todavía ese fuego que llega al paladar celeste. ¿Qué mineral hace una llama así como esa que veo subiendo hasta allá en la noche descalza? Los aldeanos de aquí llamaron a esa sustancia betún sin saber que servía para lustrar los calzados. Ayer un bey, aficionado a los libros, dijo que el petróleo era para él cosa de poca estima. Que más importante era la sal, comiéndola por supuesto como es debido. ¡Sabios que son los ilustrados, esos bibliófilos que describen el mundo sin haberlo conocido! Julio Verne es la excepción y no la medida de todos bibliómanos que en vez de una cabeza tienen dos.
*
Santuario
Con carbón dibujo mis sueños en la roca. A la luz de los cantos del Coro Celestial. Aparezco en la caverna. Caballos en ocre contemplan mi estatura.
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Figuras venerables
No hay puertas. ¿Para qué la palabra? Oigo el canto del silencio.
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Rostro
Entre mis dedos pasará la noche como si fuera el tiempo que me mata sin verlo.
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Caballos
Más allá de los caballos invisibles andan los aullidos de la luna. Largo es el tiempo de mi sangre. Tanta tierra he cruzado que ya no tengo recuerdo de sus caminos andados.
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Errancia
Dios también fue expulsado del Paraíso. Y ahora anda buscando desesperado a Adán, que sigue en el Infierno.
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Eva anda conmigo y todas las tardes miramos desde esta orilla el paraíso añorado.
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Cicatriz
He llegado a mí mismo donde me crecen costras. Desolado, me despojo de esta fatiga que soy.
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Cansancio
Cuando llego me saluda con un gesto. No escucha mis palabras.
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En Minos
El hombre es Teseo, pero también Minotauro. Vive encerrado en el Laberinto cuyas mil vueltas hacen imposible la salida.
La mujer es Ariadna. La astucia es el hilo que guiará a Teseo por el intrincado Laberinto. Sin ella no podría salir. Aunque le dé muerte al Minotauro que todo hombre lleva dentro.
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Cronos
Saturno devora a sus hijos. Los arroja a los cíclopes y a los hecatonquiros. Cronos es Saturno, hijo de Urano y de Gea, quien le puso en sus manos la hoz de afilados dientes. Cronos da muerte a su padre cortándole en un instante los órganos genitales. Y toma su lugar en el Cielo. Como le había sido profetizado que sería destronado por uno de sus hijos devora a éstos a medida que nacen.
¿Qué hijo de la tierra puede contra el Tiempo? Nadie.
Todos seremos devorados. Es inútil buscar el hilo oculto de ese idioma que nos salvará.
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Enigma
Todo es un enigma más que un gesto. Una cifra que existe a la vez aquí y allá, en toda forma. Cada hoja es un árbol, un alma. Cada huella un incógnito estigma de ese universo que ningún hombre ha inventado. Todo es poesía. Porque cada átomo canta su propio cantar.
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Otra vez el comienzo
Largos años he andado sobre esta tierra lóbrega, a veces con flores, a veces con pájaros. Nardos, ríos y selvas de cristales me dijeron adiós.
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Exilio
El campo quedó sin un labriego. Aquí en esta tierra yo eché mis raíces para que se extendieran por todas partes. Como yerbas y flores. Pero un día me vi huérfano en la noche más oscura.
Entonces fue mortal la belleza que la copa me trajo.
*
Es cielo caído mi alma oscura
Es caracol que se abre como mi débil cabeza. Volando como rayos celestes salen de ese mundo los pensamientos. Y con ellos me digo adiós.
*
Preguntas
¿Quién soy si la palabra no dice lo que siento? ¿Qué oculto de mí si no hablo?
La palabra es máscara. Rostro de mi pensamiento. Si pienso alumbro lo que me da contextura. Si hablo descubro lo que envuelve lo que soy. Soy verbo que iluminó el fondo de la Idea. Doy forma a las cosas y a los seres. Mis pensamientos son palabras que vuelan, de aquí para allá. Pájaros que vienen de un mundo misterioso, invisible: revelado.
*
Tristeza
Frondosa y plena es esa lluvia que se desgaja. ¡Cuántas presencias velan detrás de mí que escribo estos poemas! A veces quiero hablar de estas cosas, hablar largamente, pero sé que nadie me escuchará. Porque hay olvido en los muertos que me ven.
¿Qué habrá en el recuerdo que no se deshaga?
Una cruz es igual a la tristeza. Para nosotros la infinita esperanza ya aflige. Cansados estamos de esperar.
¿Qué otra vida daremos para que haya paz entre nosotros?
*
Vigilia
Quizá la tenue luz de una mirada suavizará esta angustia. Quieta la hora se desliza como nube en el aire. Quieta el alma parece dormir, pero vela.
*
Sosiego
Los muelles de la sangre se han oscurecido. Ya la lluvia cesó. Las aguas corren delgadas hacia el río que aumenta su caudal. La ciudad duerme entre luces. Allá la noche se ahonda, se engrilla, camina entre sombras. ¿Qué espero de este mundo azorado?
Un olor como a fruta podrida invade mi nariz. Parece que el año ya se pudre. Parece que el día se murió.
*
Incertidumbre
Amarillos se ponen los violines, ya la música no suena, se ha cubierto de polvo. Las piedras tensas, azules y brillantes, tampoco suenan, callaron. Ahora las aguas del silencio pasan por encima. Como las horas se alejan. ¿Quiénes esperan la llegada del tiempo? Suave la esperanza huye del ocaso. Mañana, tal vez, amanezca.
*
Sombra
Bajo esta sombra de ceiba envejecida descansa mi cuerpo ya transido. Mis pensamientos meditan casi en paz. Aplacados yacen los amargos dolores.
¿Qué mortal me dirá lo que lejos me espera? Cercada por la razón huye mi alma atormentada. De mí mismo se va hacia el más puro de todos los silencios.
A modo de epitafio
¿A qué venimos a la tierra si la vida breve es? A flor del polvo queda la carne pasajera cuando la muerte llega.
*
A él lo reconocerá el clarividente que regresará al jardín para ver los senderos bifurcados. De la montaña bajará el cantor y resucitará con sus cantos las lilas muertas. Como una estatua de sal su mujer morirá en sus brazos después de haberlo besado por última vez. Bajo sus pies, la tierra estará llena de flores de varios colores. El corazón de la luz surgirá del fondo de la Roca Roja y a través del Espejo de Alicia unos ojos infantiles verán el terror de un puñado de polvo morir. Será el tiempo de ir al desierto otra vez. En su ausencia, su hija bordará en una tela etrusca la historia del padre ido. Para que sus hijos nunca lo olviden.
*
En mí memoria se cruzan los sueños de una generación que falleció de repente, desintegrada. Como pasos arrancados de la tierra, sus nombres han sido olvidados. Pero su sangre disuelta entre las aguas sigue el rumbo de los ríos que bajan y crecen alrededor del planeta, del vagabundo achacoso que se está cansando de girar.
*
Corren los torrentes entre los árboles casi melancólicos. El apamate viejo se echa a un lado, moribundo. Sus ramas hacen un sonido semejante al de la flauta antes de venirse abajo.
*
De costado me dejo caer, debilitadas mis fuerzas y con el ánimo decaído veo caer las hojas llenas de hongos como mi piel.
*
El tiempo que fluye invisible, hace desaparecer lo que miro. Lo oigo en mí, padezco su movimiento y lo siento semejante al olvido.
*
Eso que busco ¿cuándo lo encontraré? Una flauta. La lluvia es el tema de una conversación melancólica que me hace decaer.
*
Las llamas de los candelabros de siete brazos se elevan. Brillan sobre la Casa de Jaspe como estrellas.
*
El viento sacude y deshoja los claveles que yacen tirados sobre su tumba. Ayer me despedí de él, héroe de mis días. Hoy veo el río que vieron juntos nuestros ojos.
*
De este lugar se fueron las ninfas para nunca más volver. El viento se llevó hacia otra parte los versos de la última canción que cantamos todos cuando lo llevábamos a enterrar.
*
Sentado sobre las cenizas de un árbol que no pudo defenderse de la mano del hombre que le prendió fuego, veo el río arrastrar los despojos de una civilización que va muy aprisa hacia la muerte. Sentado lloraré el naufragio que se hunde.
*
¿Con qué viento se esfumará mi voz? El anochecer vibra entre los huesos de una eternidad que nunca tuvo flores.
*
Vivo acosado por las adversidades. Todos los días me levanto con fuerzas para vencer la flaqueza que ha anidado en mí como ave de rapiña. Pero con el transcurrir de la luz del sol, decaigo, flatulento. ¿Cómo podría yo arrancarme esta flojera que aumenta con el tiempo? Esta pereza da flor. Tanto que las avispas y mariposas flirtean alrededor mío sin temor alguno. Yo también les simulo un amor que no siento y me doy al floreo a ver quien quita y caen en mi lengua y me las como.
*
Las aguas cantan himnos. El crepúsculo es un espectáculo que ven algunos transeúntes sin detenerse. Desde el malecón gris miro los oleajes de luces. Tras ese puente está mi horizonte.
*
Este destino no lo conocen las aves porque son otros sus afanes. De los humanos es la tarea de recoger las flores muertas.
*
Nadie es indispensable. Sobre cada uno de nosotros pesa la sentencia de la inutilidad.
*
¿Cómo puede un sordo-ciego reunir las voces para que se haga el canto? Otros pueden, pero nada saben de los confines de la sabiduría. Ni oyen ni ven y así vanamente viven y como muertos cruzan las noches del tiempo.
*
Ojo de Río
Allí está el río: se desliza entre los árboles, sisea, rumoreando, arrastrando las inmundicias de los que sobreviven a las penas.
*
Ojo de tigre
Ojo de tigre, acércate: la serpiente asoma la cabeza: salta, saca la lengua y me atrapa: en sus ojos se reflejan las llamas del infierno. Se ahoga. Se estremece agitando las aguas. Su cola hunde la piedra.
*
Ojo de Cielo
No hay mucho aire. El cielo es gris. Cerca de mi corazón cantan las chicharras. Sus cantos se elevan. Cánticos para que llegue el invierno.
*
Ojo de Pájaro
Aquí estoy por encima de las copas de los árboles. Como un pájaro oteando el paso de los emisarios. Arremolinado en las alturas solares donde el Sol quema el plumaje. Ojo de Nadie, no te cierres que el viaje es largo.
*
Abacá
Vuela la palabra del Poeta que entona para sí sus cantos. ¿Quién oye esa voz de la familia selecta que tiró desde la orilla alta el cuadro de madera con sus diez cuerdas? Ya la lira dejó de ser lo que era. En el olvido quedaron los versos antiguos. Pasó el río con el agua y borró el signo del primer pescador. ¿Quién conoció los nombres de los últimos dioses?
*
Abecedario
La piedra que vio Orfeo ilumina para siempre la primera vocal olvidada por la tribu. Qué se dirá de estos alambres, de este sonido mayor que fue palacio por los caminos de Roma. Nada es extraño en el espacio de estas palabras que lees entre otras de las tantas bolas movibles del ábaco.
*
El Rey Aragón
El cruzó con la espada que ves en el cielo. Cruzó el paraíso inclinado y nos dijo el adiós de los elegidos. Cuando subas lo verás con plumas cual pájaro-estrella, allá arriba.
*
Abadejo
Y le pidió su vuelo para ti, señora de las musáceas. Y los ojos enrojecidos tuyos mi reina vieron la amapola a tres metros de altura. Fue entonces cuando tus labios rojos más abiertos que nunca pronunciaron la única palabra que me dejó sin voz. En el hueco-caracol se oye el fuego que robó Prometeo.
*
Abad
Olvidé el título que llevan los superiores del monasterio del silencio. Olvidé todas las órdenes monacales colegiatas y galicias. Olvidé mi antigua sotana de cura. Colgué el hábito eclesiástico, el manteo de la dignidad superior y como un hijosdalgo vestido de caballero me entregué a la pasión de los coleópteros. Ahora gozo de los frutos secularizados. Y por merced papal disfruto de las rentas como cualquier beneficiado de la fe.
*
Abadí
Pez del mar de las antillas soy, abadejo. Pido que me dejen lejos de aquí y de los compañeros de algunas catedrales. Pido un sustituto que presida en cabildo durante cierto tiempo. Este hombre que siente lo que padece la carne no es como cualquier sacerdote. ¿Qué haré con el título honorífico? Legaré que por derecho de sucesión mis hijos sean los cincuenta ballesteros del padre mayor.
*
Abadesa
Esa copa de las mareas fue la fronda donde descubrí mi cielo tuyo. El paraíso está en ti, rayo desprendido. Cómo haré para irme como quien se despide. Errabundo crepúsculo no te extiendas tan rápido. Déjame elevarme un poco por la mitad de esta carne hacia el centro obscuro de la luz.
*
Aarón
Al amanecer existimos como cuando dejamos el desierto. El río del verbo deshoja hoy el tiempo. De calle a calle como decir de once a doce del día. Así vamos, con la lengua fuera. ¿En qué parte diremos el signo universal de la llegada? Ya no quiero seguir. No más camino ni velo aunque velar los cielos es lo que hago todos los días. A otros dejo la sabia tarea de conjugar los verbos en infinitivo.
*
Abajo
Soy de los desgarrados. Fuera no estoy del reino del Otro que me ofrece la orilla invisible. Perdí el paraíso. Tal vez. Y es infierno este valle, Vallejo. Dejaré de caminar y flotaré para que llegues conmigo adonde nunca es de noche.
*
Abandono
Contempla sola las flores ya mustias. Ella lo espera del otro lado donde se hunde su casa abandonada. Ella sabe que no hay renuncia sin beneficiario determinado ni con pérdida del dominio. Sabe también por experiencia que no debe dejarse dominar por afectos, pasiones y vicios. Ya está vieja como para confiarse a otra persona. Su cuerpo ya conoció el sufrimiento. Se acostumbró a él como a la soledad.
*
Abanto
No volveremos a ver ese poema relampagueante como pájaro o rayo sin alma. Soplo ábrete, dime los sueños que florecen en ese espacio barranco de la vida. Dame un instante para vencer la muerte. Porque mañana seré de marfil.
*
Abarloar
A mi esfera de pájaros -aquí cerca- vienen los muertos y me hablan del Escogido. Desdichado yo que dejé la casa del cura. Los pedruscos no pueden nadar. Y no vuelan aunque el aire sobre ellos se esfume. Cuando llegue el sol terminarán las despedidas.
*
No hay reinado que no sepulte el olvido.
*
Alta es la luna que no abre sus alas. Una ventana entreabierta. Ya no podrás contemplar el crepúsculo. El resplandor que ves bajo esas nubes brota de lo soñado. Es un ángel que ha regresado al mundo. Para todo hay término. Acaban los sueños y las formas. Todas las cosas acaban. Y para todos hay un espejo que nos aguarda en vano, como dijera el ciego.
*
Afuera, más acá del sur, hay un tropel de pasos, de voces. ¿Esperas a que llegue la hora para iniciar el viaje?
*
Dentro de ti hay un pájaro aleteando, desesperadamente. Quiere salir de sus cuatro paredes. Quiere volar y atravesar la noche de los sufrimientos. No está cerca el día. Tendrás que seguir esperando.
*
Un viento ha mezclado los ayeres. Los oficios de la persecución apenas comienzan. El que soñó tu casa y entra cada vez que quiere, sin necesidad de llaves, ha ordenado la diáspora. Sufriremos los rigores de su implacable ley.
No nos apresuremos. Lo que se avecinaba, ya llega. Un bosque en penumbra. Nada retiene el paso de las agua. No estamos libres del miedo, acorralándonos
*
En algún momento se detendrá la batalla. ¿Dejo que mi enemigo rompa el cerco y se lleve el botín? ¿Debo renunciar a su persecución? No seré el cazador: aquí, bajo la sombra del destino que nos une me sentaré y esperaré su regreso. El vendrá por su alma: el pájaro más expuesto al ojo del fusil nunca remonta el vuelo.
*
Tu alma se arriesga una vez más: toca el fuego del abismo.
*
El mensaje indescifrable sigue guardado en la botella que fue arrojada al mar: No se trata de vivir en un soto encantado. La vida es una encantadora utopía.
*
¿Qué nos depara la inexorable fugacidad del tiempo?
Los días transcurridos sólo nos dejan cansancio pesares y recuerdos de instantes ya gozados.
*
Cada día feliz tiene su nube. Y también su tormenta.
*
Había una casa encima de un puente. Un día fue parte del caudaloso torrente.
*
¿Cómo sobreponerse al mal tiempo? Uno vive esperando algo. Y camina sin saber exactamente hacia dónde dirigirse. ¿A quién busca? A nadie. Es decir: a Dios.
*
Abandoné las altas rocas del Silencio. Me alejé de mis dioses. Hablé de mí y me olvidé del canto del viento. Como un águila me reflejé en las aguas de la Simulación. Me enamoré de mi rostro. Ahora no soy el Sacerdote. Bajo una piedra guardé el secreto del santuario y el fuego alegórico.
Me lancé a los caminos. Y anduve solo por todos los pueblos como nómada. En ninguno escucharon los tañidos de mi flauta. ¿Quién recuerda el mito del Hombre Emplumado?
La epopeya nunca alcanzó el reino de los labios.
*
El camino es un pretexto que inventamos para decir que andamos. Nunca nos hemos movido del mismo sitio.
*
Ante un río demasiado ancho y torrentoso ¿qué podemos hacer, cruzarnos de brazos o cruzarlo? También podríamos dejarnos llevar por las corrientes o hundirnos en el vértigo del miedo.
Podríamos caminar por encima de las aguas. Pero no tenemos fe. Propongo que caminemos por su orilla hasta que encontremos el sitio más angosto. Cualquier tronco caído puede servirnos de puente.
*
La tarde camina la calle. El día de hoy no se oye como ayer. Una brisa roja abre la ventana y se ve en el espejo. Se transfigura. Es pájaro.
Salgo del olvido. Abro la puerta del cuarto para que entre la luz. Estoy cansado de tanto encierro.
*
Sobre el mármol la cabeza de Zeus se deshace. Ya no suena la música de Apolo. Hebe no escancia la ambrosía. Sólo poseidón agita su tridente bajo el mar.
El viento ha carcomido las estatuas. Allí, entre ruinas, están los arcos de los victoriosos, sus altares, sus nombres cuarteados por el tiempo.
Se han apagado los fuegos de las antorchas. La multitud no aclama al gladiador. Todos han vuelto sus pulgares hacia abajo: todos fueron vencidos.
Y Vesta, ¿dónde está? Arden los velos de las Vírgenes. Caídos quedaron los templos. Qué símbolos atravesaron los mares. Platón inventó la leyenda: ¡Abajo los poetas!
Hay velas y remeros en uno de los nueve libros de la sibila de Cumas. Hermes ha vuelto a la Caverna. ¿Acaso espera a que salga nuevamente el Sol para tocar la lira?
*
¿Cuántos versos han desafiado el paso del Tiempo? El olvido no reivindica los defectos ni renueva las costumbres de los iluminados. El olvido es anterior a la palabra que inventaron los dioses. Es la fuerza que a todo alcanza. ¿Quién recuerda los oficios de las antiguas civilizaciones?
Los griegos se han beneficiado del juego de la seducción: la literatura.
*
Los tiempos pasados viven en nosotros. No todo lo que pasa es efímero. Algo ha de permanecer. Uno siempre tiene como punto de partida el pasado. El mejor momento de nuestra vida pronto nos dice adiós. Somos más de la tierra que de nosotros mismos.
*
Ante un río demasiado ancho y torrentoso: ¿qué podemos hacer, cruzarnos de brazos o cruzarlo? También podríamos dejarnos llevar por las corrientes o hundirnos en el vértigo del miedo. Podríamos caminar por encima de las aguas. Pero no tenemos fe. Propongo que caminemos por su orilla hasta que encontremos el sitio más angosto. Cualquier tronco caído puede servirnos de puente.
*
¿Quién tiene el privilegio de custodiar el fuego? Prometeo todavía no encuentra su casa.
*
Toda esta luz me duele, dice el poeta Lucian Blaga. En uno de sus poemas está el cielo lleno de ángeles que vislumbró Hölderlin. En él se me extravían los ojos. Se pierden ¿Encontrarán el camino de regreso? No quiero que vuelvan.
*
Hay aves entre las hierbas del anochecer. Devorándome.
*
La tarde ha llegado a su fin. La noche se desata. Envuelve a los que celebran y a los que se entregan al tema del amor. La enajenación no escapa a su influjo: arrobamiento sensual y virtud se entremezclan, aunque los gustos de los amantes sean dispares. ¿Cuáles son las flechas que hieren el alma?
*
Dante no escuchó jamás el Cantar de los Cantares de boca de Salomón. Aunque Salomón sí tuvo la desdicha de caminar por los bordes del Infierno. Pero con todo lo que se dice de su sabiduría, no creo que haya podido escribir una Divina Comedia. Su gozo no fue el ardor martirizado de los místicos.
*
El paraíso siempre ha sido un tema recurrente en la vida de los hombres. Escritores, poetas, pintores, ensayistas, cantantes, músicos, mortales e inmortales, alguna vez han sentido y la noción de pérdida, de caída. De despojo. Muchos han escrito o expresado su añoranza por lo dejado atrás. Por lo que pudo haber sido y no fue. Por lo que ya no será. No es posible entender la sentencia del Eclesiastés: Lo que fue, volverá a ser. La experiencia ha confirmado más de una vez que todo paraíso perdido jamás se recupera. Proust tenía razón.
*
Para quien recuerda con nostalgia su infancia entiende que jamás volverá a ser el mismo. Una sola vez se nace. Lo que es, nunca será. La multiplicidad del ser no contempla la similitud ni la repetición de identidad. Se vuelve a la vida, pero no para ser el mismo, sino otro. La reencarnación es el principio de la superación. Quien hoy tiene como signo la tragedia, mañana, quizá, tendrá el de la felici¬dad.
*
Son efímeros los placeres. Y apenas si gozamos. La vida no es todo un paraíso. Nadie en vivirla se satisface totalmente. A veces está lejos la dicha que jamás alcan¬zamos. Salgamos al encuentro de la felicidad que es pasajera, pues el día pronto se acabará. Festejemos el instante. Vivamos sin temor a la muerte. Todo pasa. Todo va hacia su reposo. En polvo se convierte lo que cuerpo es. Sólo el alma es eterna. La mete es merecer la vida.
*
¿Quién tiene el privilegio de custodiar el fuego? Prometeo todavía no encuentra su casa.
*
Una campana sobre el horizonte
¿Quién escapa a los hambrientos dientes de las edades? La muerte no habita en nuestros muros, sino en nosotros. Sobre la arena levantamos la casa. Para que el tiempo se sacie y destruya lo que nos costó una vida construir. Madera y arcilla para el devorador. Estas piedras orgullosas no están inmóviles. Son pesadas, pero el viento y la lluvia las desgastan. Durante mucho tiempo nos han acogido en su calor. Sin oírlas, hemos dormido nuestras noches. Ahora, en la torre erguida, bajo las nubes, la campana se balancea, gime, llora el adiós y despide al que se alejó de nosotros para siempre. Ya no dormirá bajo el mismo techo de los pájaros. En otra parte conoce el abismo.
*
Imágenes del Edén
"Muchas palabras no llenan un cesto", eso dice un proverbio yoruba. Si buscas el silencio, escoge la soledad. Tal vez allí lo encuentres. Pero no lo encontrarás en las palabras. El agua del río corre sin oír al hombre que tiene sed. Quizás las palabras te sirvan para conocer las cosas visibles e invisibles y hacer de una mentira lo real y de lo real una mentira. Quizás te den la posibilidad de escribir un poema lleno de buenas intenciones. Pero no te servirán para poder cruzar el vacío que nunca se colma ni se aclara. Y si con ellas lo cruzaras: ¿podrías sobrevivir íntegro en la otra orilla de lo que lentamente te devora?
*
Verbigracia
Ni puede una cebra deshacerse de sus rayas ni tú de las palabras. Con ellas vives, pero no perecerán juntos. Porque la palabra te sobrevive "Al principio era el Verbo", te recuerdan los dioses. Por el verbo te haces hombre y expresas la existencia como tu verdad. Pero la mentira también se hace de palabra. Reverbera locuaz en la inútil verbosidad. Quien mucho habla no puede adecuar lo que dice con lo que siente o piensa. Los accesorios son piezas de adorno: no expresan el vacío con el que a veces se despierta el corazón. Si quieres darle realeza a la hiena deja que aquellos que la conozcan se alejen de ella. Y sé tú como el hombre paciente que sigue cociendo una piedra hasta que bebe su caldo.
*
No me preguntes cómo pasa el tiempo
Cuando uno va muriendo de vejez se da cuenta de la existencia del tiempo. De cómo pasa devorándonos. Es difícil acostumbrarse a la idea de la muerte. Aunque ese es nuestro destino. He visto estos días a los árboles despojarse de sus hojas. Para ellos vendrá una primavera que es como decir otra vida. Florecerán y echarán frutos para sobrevivirse. Pero nosotros, los recién llegados, cuando morimos nos deshojamos para siempre.
*
No se vive en vano
Vivir como vivimos para elevar la vida y después morir ha sido la sabiduría de nuestros antepasados. Y ellos siempre han tenido razón. Mi madre murió sin rebelarse contra la muerte. Pero dejó la semilla de su persistencia en el mundo. Y mi abuela paterna envejece con la frente bien alta, aunque sin oponerse. Y dice, resignada, "vivir para morir es la ley de la vida". Pero yo, apegado a los principios y razones de mi rebeldía, pienso que sólo la vida tiene existencia verdadera y ni el más grande de los ejércitos podrá derrotarla. Sé que trato de reconfortarme con el optimismo. Tal vez me doy más fuerzas al pensar que la vida no muere sino que continúa en sus múltiples formas. Y si en verdad es así )dónde y cuándo volvemos a reaparecer? Eso sólo lo sabe el único prestidigitador que trenza la invisible soga en mi cuello. Y yo sé que me tiene atrapado. No obstante, me rebelo en un intento inútil de darle fundamento a mi esperanza.
*
Para qué ilusionarse
Forjarse ilusiones es morir desengañado. Así lo reza el refrán. ¿Qué puede hacer el hombre conocedor de su suerte para no dejarse caer? Cuando ya no pueda sostenerse en pie ¿acaso le será concedida más fuerza? La vida es un tablero de ajedrez donde el destino nos mueve cual peones dando mates con penas. En cuanto acaba el juego nos saca del tablero y nos arroja al cajón de la nada.
*
Detrás de cada imagen
La oscura verdad del poema queda muchas veces encubierta. Las palabras nunca dicen lo que el poeta inútilmente quiso decir. Detrás de cada signo se esconde siempre esa otra cosa equívoca e inefable que viste el ropaje del silencio.
*
Un texto referente al tiempo pasado
Hará unos años que escribí estos versos. Hoy los releo con nostalgia, sereno, ensimismado con la madurez que otorgan los errores y el paso del tiempo. "Toda una vida no basta para ser feliz Pero si fuéramos inmortales tampoco lo seríamos Porque la felicidad es una quimera ¿De qué serviría vivir eternamente si el hombre no puede alcanzar la suerte feliz? Sus palabras expresan los deseos de una persona que quiere la felicidad pero sólo ocasiona la desdicha".
*
A orillas de una tumba
Cuántas generaciones bajan y suben todos los días del cielo a la tierra y de la tierra al cielo. Y he aquí que vemos nuevamente al hijo fiel de la tierra convirtiéndose en polvo. ¡Y si tuviéramos al menos la certeza de que con la muerte acabarán todas nuestras desventuras!
*
El viaje y el paso de la procesión
Del fruto: ¿qué queda que no sea el fúnebre despojo? Cuando un hombre muere al menos queda su testimonio oscilando en descenso entre adioses de otros días desvanecidos ya de la memoria.
*
Entierro
Repican las campanas y ladran los perros. Pero uno no sabe por qué repican las campanas y ladran los perros. No se da cuenta que pasa la procesión. "¿Quién será el próximo?", nos preguntamos en silencio mientras el sol declina. Tampoco sabemos cuántos en esta hora acompañan su paso. Si lo supiéramos, veríamos la cuerda que nos ata a los cielos.
*
La belleza de una sonata
Un poema lo es cuando se tiene la sensación de que no le sobran ni faltan palabras. Que es perfecto tal como es y no puede mejorarse.
*
La ley implacable
¿Qué nos depara la inexorable fugacidad del tiempo? Los días transcurridos sólo nos dejan cansancio, pesares y recuerdos de instantes ya gozados. No hay reinado que no sepulte el olvido.
*
Nada retarda el adiós
Nada alivia el estrago que dejan los días. El asolamiento es interior. ¿Para qué apurarse en hacer lo que nunca se ha hecho? Nuestro futuro pertenece al caos.
*
Alta es que no abre sus alas
Por esa ventana entreabierta por donde ves caer el sol, no podrás contemplar el mismo crepúsculo. El resplandor que ilumina tus ojos bajo esas nubes parece brotar de lo soñado. Quien fue un soñador en esta tierra ya no volverá a soñar. Y nunca más regresará al mundo que lo despidió. Para todo hay término. Acaban los sueños y las formas. Todas las cosas acaban.
*
No está cerca el día
Afuera, más acá de la voces de la vida hay un tropel de pasos que van hacia la muerte. ¿Esperas a que llegue la hora para iniciar el viaje? No te impacientes. Dentro de ti hay un pájaro aleteando desesperadamente. Quiere salir de sus cuatro paredes. Volar y atravesar la noche de los sufrimientos. Tendrás que seguir esperando. Un viento ha mezclado los ayeres. Los oficios de la persecución apenas comienzan.
*
El destierro
El que soñó tu casa y entra cada vez que quiere sin necesidad de llaves, ha ordenado la diáspora. Sufriremos los rigores de su implacable ley. No nos apresuremos. Lo que se avecinaba ya llega.
*
Incandescencia
Sólo los ojos deslumbrados por el asombro contemplarán el destello del poema. Escribió en las arenas. Se levantó y siguió caminando. Atrás quedaron sus alforjas y los libros de Homero. No volveré, no miraré hacia atrás. Ganaré mi batalla y moriré después de la victoria. Pensó mientras miraba el camino. El viento borraba las huellas de sus pasos. Se sabía extraviado en el desierto, solo, abandonado a su suerte. Cubrió su cabeza de plumas y guardó el talismán.
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Artificio para retener el tiempo
De una cuerda amarilla como un horizonte encendido cuelgan sus escritos. Páginas emborronadas de versos, llenas de polvo. En el olvido maduran las palabras como soleándose. Algunas se llenan de una oscuridad que parece soportar el infortunio. Otras, a veces resplandecen en las profundidades de sus noches más oscura.
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Como albas, sombreados
En el sombraje deja sus poemas. No serán sombras. No serán sombrajos. Le darán sombra. Resonarán como girasoles. Como vientos que no callan. No serán voces que se consuman en la noche. Hierbas de ceniza no serán, aunque el polvo que los cubra y la lluvia apague sus destellos. Pero despertarán vencida la orgullosa edad de los héroes. Sonoras, sus palabras cruzarán las redes de la muerte, remontarán la cuesta. Conocerán el jardín de fuego de la eternidad. Sol que suena. Pájaro de luna. Así es su poesía.
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Confesiones de un huérfano
Siempre estuve propenso a las enfermedades y a las goteras de los baños. Crecí a la sombra de un padre melancólico que disfrutó su soledad y nostalgia a conciencia. Muchas veces me arrinconó el fracaso. La miseria me golpeó. Mas la vida me hizo comprender que vale más sufrir que ser vencido.
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Ejercicios ciudadanos
A veces cuando requiero la repentina huida, me dejo llevar por el ritmo que impone la ciudad. Miro las vitrinas, sonrío, hago alguna mueca con los labios e imito la rigidez del maniquí en la vidriera. Tras el viento, ningún transeúnte se da cuenta de nadie. Todos andan tras el viento. Algunos cantan y lloran. Otros se reflejan clandestinamente en los espejos de las tiendas. Y se alisan disimuladamente las arrugas. A veces se dan el lujo de hacer algún gesto, como siempre en secreto, para calmar la tensión.
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Vitalidad
Siempre he creído que la vida es algo más que un dolor y una sonrisa. Jamás se da en forma gratuita. Entiendo que es cuestión de punto de vista. Porque en todas partes cuecen habas.
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Dibujo
Es mejor soñar y caer en ese hueco sin luz que tiene el barro. Por eso esta noche no se quejará, aunque vive con el agua hasta el cuello atragantado de angustias, desdichas y temores. Ciertas veces, como ahora, se siente como la primera boa que pintó el Principito, pero a pesar de todo sabe que más tarde dormirá tranquilamente como en la proa de un barco que el viento desmantela.
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Filo de relámpago
Otro sol lo ilumina. Sobre el vórtice del huracán duerme su corazón exiliado en sí mismo. Noche brilla en sus ojos. De nada le servirá ese amuleto. El que dice adiós, no vuelve.
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De paso
Respira el polvo del insomnio. Tirará las llaves en el fuego. Invocará el resplandor del prodigio. Y tocará la piedra para que se haga río la palabra.
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El espacio posible
Las aguas franquean el espacio del aire. Si apartas la roca, brotará la tiniebla. No hay otro camino para ti sino el que señala el relámpago. Atardeciendo. Se acerca a la ventana como si se alejara. En lo oscuro relampaguea la chispa que prolonga el latido. Sobre su cabeza son plumas esas luces que estallan a lo lejos. Mira una tierra amarilla moviéndose más allá de sus ojos. No dice nada. Vive la intensidad de lo invisible.
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Vuelo liviano
Quieto como pez llega al borde. Toca el barro. Sus alas con escamas brillan. Hay sol sobre el plumaje del poema. Sumergido en su pensamiento atravesó las aguas. Atrás quedó la otra punta del arco. Ebrio de nubes. Ahora va solo como quien viaja a la espera. Cierra los ojos. Sueña que duerme entre hierbas, exaltado. Se mira el rostro. ¿Quién dirá los versos que escribió para nadie?
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Es pájaro
Se despojó del vestido y se entregó a la noche. Lo perdió la ola más fiera, lejos. Se asoma a sí mismo. Su alma sube como sol. Ve el borde del día. Toca la textura del precipicio. Permanece quieto, aunque se mueve. De un lado a otro va ondeando hacia la noche más alta. No quiere inmortalidad, sino reposo.
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Narciso se contempla
Soñoliento ve pasar las aves a ras del agua. Los trasgos se ocultan en esa hondura cubierta de hojas. Sueña el poema. Qué indescifrable es en este ámbito de arena silenciosa. La ruina de lo caído no es ancla. Es polvo ciego que el azar ha dejado en la playa.
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Los abismos del verso
Siente que se eleva en la alta noche. Sus ojos ven los abismos del verso. Todavía no ha visto el fin de la epopeya.
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Otros caminos
A la orilla del agua cerrada y detenido al borde del camino, él recuerda lo andado. En el extravío de las casas lo alto descendía. Se acercó para beber. Vio su rostro entre estrellas, soleado. Cruzó el espacio de los recuerdos. Cerca de las luces se puso de pie. Abajo, entre árboles estaba la noche. La luna giraba alrededor de sus ojos. Detrás, el puente arqueado. Aquí esperará el tiempo de la llegada del sol. Se queda en el camino evocando lo pasado.
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Paisaje
Una nube sin campana. Tiembla la noche. Pasa entre cada hoja. Es la ventana ese horizonte. La casa del hombre está quieta. Destellos se mueven como nubes. Sigue los pájaros que no miran los ojos. La puerta se abre. Entra la luna. A las nueve el agua tiembla, silenciosa y la tierra se marchita. Vano anochecer. La casa se adormece.
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La puerta de toda la tierra se cerró
El no ve el horizonte. Cuándo ha de llegar a la casa flotante. El momento cae. Nada parece seguir. Los ojos entre rocas se deslizan. Es noche abierta a los siglos. Se abre al sueño. El no está allí. Detrás de agujeros vigila. Un débil resplandor regresa por las calles inundadas de niebla. Pasa el viento, descubre las trincheras. El faro ilumina las nubes. Y ahí, en el temblor de la luz, se ve, impávido ante la torre de los epitafios. Llueve sobre los caídos. El cielo entero cabe en su mano.
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Voraz como llama en el pozo
Se oscureció en el ojo. Tocó lo transparente. Ahora es reflejo de lo que no se deja ver. La puerta se cierra. Lo desgarrado exige su tumba, no enceguece. Luz, para que te confundas. No busques más señales. El pozo interior lo refleja, voraz como el tiempo. Es la vida breve vibrando aquí y allá.
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No cierres los ojos
Acércate, sin cautela. Si te hundes, aférrate al aire. Deja que el alma se encumbre, que sea altura, vuelo. Otro signo se le revelará. Unta tu frente de ceniza. La orilla está cerca. No forcejees contigo mismo. Vive y sigue el camino, no te detengas. Canta. En ti, resucitado vive la luz.
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El poema
Amanece conmigo, es sol aquí dentro que deja ver su alma. Quiere estar sin sufrir, ser silencio como si volviera de donde quiso alcanzarse. Es el instante que rompe la llama que no se oye. De él brota el resplandor que revive. Tócalo, ahora que el farallón lo atrae.
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El filo
Se hace conjuro. Cómo alcanzarse en ti sin caer en lo oscuro. La palabra es precipicio, cielo de incertidumbre. Abismo donde se pregunta: "¿Por qué no estás aquí? ¿Por qué Dios mío me has abandonado?". Casi caído desliza su mano por su costado y siente la herida palpitando. En eso oye su Voz como bálsamo desde su corazón: "No es impura la sangre que te hace mortal. No temas. No es relámpago la punzada ni fuego el dolor que se te viene tan callando. Tendrás la dicha. No habrá sufrimiento: aquí estoy, cerca de tu puerta. Mi corazón te llama: si oyes su voz y abres, entraré en ti para siempre".
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El rayo de la noche
"Sólo en la ausencia se posa Dios". Eso dijo el profeta minutos antes de morir a manos de sus propios fanáticos. "En el resplandeciente útero se hace visible el barro, caído", eso dijeron sus asesinos. Sobre ellos la luz se derramó. Y todos permanecieron de pie como si nada.
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La escritura de arena
"La tiniebla se ha volcado en estos signos. ¿Quien nos da la vida desde lo alto?". Escribió en la arena mientras los rayos tronaban y los relámpagos cruzaban por sus ojos desorbitados. Sobre el agua como un trazo oscuro estaba caído el cuerpo del ángel. Con el mismo silencio con que llegó vio el borde sumido de la luz. Esa noche no pudo ver la luna en el descenso ni el color de sus escamas. Hoy ya no podrá partir.
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Sábado por la noche
Hay días en que es imposible pensar, hacer cualquier cosa que no sea dormir despierto, ver hacia fuera como quien nada piensa y sólo siente el tiempo transcurrir en silencio. Hay días en que a uno le provoca solamente cerrar los ojos para oír con más intensidad los ruidos, los cantos de los pájaros, las voces que suben al cielo como mensajes de los seres que pueblan esta tierra. Hay días tan blancos o tan grises, en que el único deseo es bajar los brazos y entregarse a la nada donde nos hundimos sin hablar.
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Desamparo de los mendigos
"Dios mío", dice el poeta que es padre e hijo. El pide piedad por lo que es: un errante "pues en lo errante está el dolor" ¿Cómo amortiguar esta frialdad, este frío que sube y baja por los huesos? La mañana de hoy es fría, tan fría que los poetas se quejan de dolores en las articulaciones. Y piden al Celeste piedad porque están desamparados, artríticos y fregados. Como vagabundos se reúnen bajo el gran árbol que da sombra en plena ciudad de artrópodos, de artimañas y artificios y de pocos artistas para hacer una fogata que los caliente. "Dios mío, dicen al unísono, ten piedad de los que nada tienen y son soldados de la vida clara".
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¿Quién le da un sitio al poeta extranjero?
Dos huesos y la arteria superior como un alambre retorcido endureciéndose de tan achacosa que está. ¿Cuándo serán muros de piedra sus paredes romanas? Saltimbanqui como un salmón saltamontes, el poeta se toca sus carnes flacas, ese retorcimiento de cordel, amarra huesos. Retraído, viajero, sigue el compás de la flauta de los dioses que viven unidos al canto. De pueblo en pueblo va el juglar, forastero, esquivo, ¡bicho raro! Un poco de cloruro de sodio en la lengua se le da para que pruebe el ácido que es la sal de la vida. Porque mañana tal vez se le dará la cicuta para que corra veloz por su sangre. ¡Ah, qué deliciosas son las flores de umbela! Nos ponen en el umbral de la tumba.
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Rutina nuestra de cada día
Todos los días es lo mismo: al despertar se asoma por la ventana del cuarto y mira el vuelo de la luz blanca cayendo sobre el río que como un pez de plata se cuela por entre los árboles. Esta visión de la vida naciendo le da fuerzas para levantarse de la cama, incorporarse, sentirse vivo que ya es bastante para él que cumple la parábola de un destino que apenas comienza. Cada vez que piensa lo que vendrá y lo que tendrá hacer para sobrevivir redimensiona lo que todavía le falta por hacer y pide más fuerzas para proseguir. Al levantarse se echa a andar como si fuera un viejo joven que espera sólo que la muerte suba la escalera y llegue hasta su puerta para abrírsela con cortesía. Ahora se asea con parsimonia sin dejar de mirarse en el espejo. En su rostro la vejez ya es cierta y evidente. Algunas arrugas en la frente se ven demasiado acentuadas para su edad. Bebe el café tinto que le entrega con ternura su esposa. Después de las 9 vuelve a mirar el mundo, pero esta vez por el balcón desde donde contempla a los niños patinar, joviales, llenos de esa juventud que a él le dice adiós.
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Un poeta solo en una oficina
Siente que el cielo contradice la dicha de estar en esta tierra, corre sin moverse, en su imaginación, y encuentra al bufón riéndose en plena calle y también ríe mientras se deja ir: En sus pensamientos la mujer que ama salta como una mariposa, salta y salta. Comienza el día. Las horas van transcurriendo lentamente, la pereza también despierta, los músculos le duelen, por eso quiere quedarse quieto, no hacer nada, no hablar ni caminar, quiere estar en ella, dormir despierto sobre su corazón. Por encima pasan las nubes como ovejas y entonces recuerda su infancia, (el paraíso perdido), y recuerda las tantas veces que soñó despierto imaginando el mundo de cara al cielo y ahora está aquí en una oficina, solo, como un damnificado y no quiere trabajar. "¿Qué quieres hacer?", le pregunta su conciencia casi aburrida. Y él respondo con suavidad: "nada nada nada".
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Lo que duele está muerto
No vale la pena volver. Los tiempos que se fueron, no volverán. Sólo como ilusiones viven en nosotros. La vida es tan efímera que apenas si la gozamos. Nadie en vivirla se satisface. Festeja entonces el instante. Vive, ya que todo pasa. En polvo se convierte lo que cuerpo es. Sólo el alma es eterna.
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El instante
La palabra es fruto. Los ojos ya alcanzan la orilla. Deja que caven la tumba donde estaremos todos. No mires. Es polvo todo lo que perdiste. ¿Qué puede consolarte?
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Serpientes como pajonales
Cada uno de nosotros mira el mundo desde una ventana circular. Miramos desde el espacio de los sentimientos y los sueños. Por eso cada quien tiene su propia lectura de lo que vive y ve, y de acuerdo a esta experiencia asume el paisaje que lo rodea de diferente manera. Las visiones difieren unas de otras. Unos ven desde la orilla. Otros desde adentro. O desde arriba. La posición determina la forma de lo percibido: el paisaje interior que se revela. Nosotros que nacimos, por obra y gracia de la circunstancia, vemos el paisaje desde el desgarramiento como un despojo de la vida. Por eso nuestras visiones se dan sólo en blanco y negro. Los que llegaron aquí después de haber cruzado la incandescencia marina del caribe ¿cómo vieron el paisaje? En la visión de Juan de Castellanos se percibe el escándalo de la luz, los colores, el asombro ante una tierra llena de maravillas y misterios. Un estallido de serpientes, luces y colores. Y entre tantas palpitaciones hojas y ramas, entre tantas espigas y ondulaciones, apenas si podemos ver la figura altiva de la Guacharaquera o el resplandor de la Niñabonita, el vuelo de la torcaza y las aristas macuares. Se sugieren los farallones, las areniscas ocres, los acantilados blancos y refulgentes. Los ojos de la esfinge reflejan la magnitud del misterio. Allí están los elementos primordiales, el origen, el paraíso donde habita la luz. Y se dan los prodigios. Está el mar reverberando entre pajonales. Rocas, rosas, huesos y escamas aflorando en medio de una sabana que el ojo ve que se hunde abruptamente dejando ver sus abismos, sus espacios circulares, sus grietas, sus territorios más profundos. Un cuadro me lleva al más alto terraplén. A los lejos la línea del horizonte se desliza como una cascabel. El dios gavilán planea silencioso. Su sombra cae sobre una refulgencia zigzagueante que pasa veloz hacia los huecos oscuros donde duermen los almas de los muertos. Brillan los pedruscos. Oigo silbos, maraqueos, cantos de las aves que anuncian la presencia del escogido. La falda azul del Chamán cruza los precipicios. Me siento adentro y afuera. Arriba y abajo. Me veo desde afuera y estoy aquí entre nubes, parado sobre un pedazo de tierra de ese reino perdido que es Chimire. El espacio íntimo recobra toda su claridad. De nuevo soy el espectador frente a la obra del Otro. Y ya en ninguna parte del Universo entiendo las palabras del poeta Henri Michaux: este es el espacio verdadero: tierra y cielo uniéndose. Vacío y plenitud conformada una sola unidad.
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La Búsqueda
Quien se arriesga al desierto de los sueños sin agua brújula ni reloj no vive para ver el crepúsculo. Bajo el fuego de la aventura declina, resignado a morir sin haber descifrado el nombre, el único, de esa eternidad que no es olvido.
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El Universo según un lector de Giordano Bruno
El hombre piensa que está solo en el universo. ¿No sería absurdo pensar que en una casa tan grande existan tan pocos habitantes?
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La poesía
La poesía es árbol frondoso cargado de muchos frutos. Algunos ya pasados de maduración y a punto de caer. Otros verdes que corren el riesgo de pasmarse o terminar como acaban los maduros. Un árbol que de tiempo en tiempo hay que podar para que sus ramas no se extiendan tanto. Ya se sabe que ciertas plantas no resisten el encanto parásito de los muérdagos o las ansias terrestres de los musgos. A veces hay entre sus ramajes verdinegros demasiados pájaros de muchos plumajes y variados cantos. "Pocos son los hombres que son hábiles en el canto y la cítara, todos se lamentan en los convites y en los coros y así comienzan y terminar sus vidas", dijo el poeta Lino, hijo de Calíope y de Apolo, que murió a manos de Heracle a quien no enseñó a tocar la lira.
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La flecha, una vez lejos del arco, vuela sin desviarse por la destreza del arquero. Si llega atravesando el aire, será sol naciente sobre el pecho de un león.
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Disparada la flecha, dará en el blanco sólo si el arquero tiene puntería. ¿Puedes tú romper el gran hilo de perlas que da lugar al símil que expresa el infinito?
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Quien viene de tan lejos, de la otra tierra de allá, no sabe si en la otra orilla hay alguien esperándolo. El viene consigo, errante y ansioso de anclar y echar raíces en el suelo fértil. Al viaje lo convida el viento sonoro.
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Veo caer una pluma de pájaro y pienso en mi alma, perdida en su grandeza sólo cuando se siente en Dios.
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El que se esconde entre las hojas está solo y desnudo. No es Adán, es nuestro padre, el mono, alegre, en el remanso de los primeros tiempos. ¿Cómo pudo convertirse en este ser alicaído, sombrío y enfermo en un paisaje sin árboles?
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El fuego divino calcina los pasos que se aventuraron a ir más allá de sus fronteras. Detrás de la puerta quedó el cuerpo del guerrero, sin pies y sin armaduras. Sobre él la noche ha dejado caer sus lóbregos llantos.
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En la cumbre las nubes claras se ocultan. Por encima de ellas Dios saca su gran lengua de fuego y se derrama. Como una bendición caen las lavas sobre los moribundos que acosados por tantas plagas, claman la muerte.
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El sol se oculta en la hierba de los sortilegios a la espera del cuerpo espigado de Eva que lo ama. Ella todas las tardes sale al descampado lleno de flores artificiales para que su tersa y marmórea piel se solee con los últimos rayos del día.
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El caracol cibernético a esta hora es llama culebreante que tiembla sobre el agua de los sueños. El ojo que lo mire no quedará ciego, pero sí encandilado.
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Sobre el rescoldo quedaron las amapolas, consumidas. Allí el aventurero saca cuenta de las pérdidas. Y como una sombra penitente se lanza otra vez a la inútil tarea de sembrar el pecado.
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El va de regreso por el camino del Leopardo Invisible. Mañana, cuando haya llegado al lugar de los galápagos estériles, será un tigre de bengala, inquieto y victorioso.
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El fervor del Elegido toca el borde de la arena caliente. Atrás él dejó el mar de sus antepasados atlantes y caribes y la concha del viejo caracol que le sirvió de barca cuando la isla se hundió. Ahora canta en el desierto.
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Lot oye la sal enardecida que lo llama desde el pasado. ¿Será que recuerda el rostro angélico de la que ya se deshizo en el tapiz de la muerte?
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De otro tiempo desciende como piedra de fuego. A su paso se resquebrajan los muros de la Tiniebla. Algunos mendigos recogidos en las márgenes sucias de la ciudad dicen que puede ser Robocop. Puesto que Supermán ya murió.
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Resplandor de esmeralda en la alta noche es lo que se ve del follaje donde ayer cantaban los pájaros. Hojas amarillas, encendiéndose, se alejan de los árboles y matas que caen abatidas por la feroz candela. ¿Qué rango tiene la mano asesina que hizo nuevamente la bíblica luz? Es la misma que firma los decretos de extinción de las especies, las resoluciones y ordenanzas para acabar con los parques. Es la misma que se siente orgullosa por haber construido los más altos rascacielos? Arriba, hacinados y en la promiscuidad, no estamos cerca de Dios, aunque nos elevamos para no oír el murmullo pestilente de las cañerías
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Vuelve de los negros acantilados, donde "el día queriendo morir, con garras de oro" se prende al aire contaminado. Su claridad indomable ilumina las destartaladas casas de los que fueron pescadores y ahora son recoge latas y escarbadores de containers. A veces ven a lo lejos los helechos fantasmas y las arboladuras ya hundiéndose. Desde aquí, solo, oigo el batir de unas alas angélicas que regresan para dejarnos el último mensaje de Dios.
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La noche con lentejuelas canta desde la orilla fatal de los despojos. Su voz es rancia, huele a licor. No es dulce su canto, es amargo como es fúlgido ese resplandor de luna deslizándose por su viejo vestido de gala.
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El Caracolfuego huye de la Sombra-Calamar que viene devorando la fruta de la Eternidad. ¿Qué podemos hacer nosotros, hijos del Olvido si ya estamos más que muertos?
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Brama la muerte en la bruma donde están sumidas nuestras cabezas esquiladas. Debe ser por eso que nadie escucha a los que van a la deriva sobre este mundo que anda por espacio haciendo mucho ruido. Todos los náufragos son sordos.
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Entre tanta oscuridad nadie puede encontrar sus ojos. Aunque nos tocamos y olemos el guisado de bofes que calentará nuestras ansiosas entrañas.
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Cansado de la altura de los regios halcones, ha bajado a la ciudad de los lobos a donde llegan a morir los últimos guerreros de plata, ya cansados por tantas luchas inútiles.
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Montado en la frágil canoa con farol y bandera, sigo el curso del río que desciende hacia más allá. Los montes resplandecen en esa otra tierra como prendidas esmeraldas. Turbia de sombra el agua refleja mis trémulos rasgos indianos, bajo el crepúsculo.
¿Dónde me esconderé conmigo mismo? La luna de ceniza se desliza por el lomo de la noche que florea embelleciendo el cielo que los ciegos no ven, aunque ojos tienen.
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Sabe que existe porque cae en la ciénaga de los viciosos. Por eso se sabe humano y torpe como una chiripa. Los cielos lo convidan al viaje hacia el mar de los lirios. Pero él ya no sabe volar.
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La noche pasa dulce sobre esas charcas donde cantan festivos y graciosos los sapos. Es un remanso de música que sube descalza hacia el Señor de alas anchas y largas.
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El viento que de sí mismo huye irisado de sol, desentierra a su paso la escritura de los dioses que se fueron. ¿A qué rumor de hojas virtuales se entrega jadeante?
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Bajo esta luz yo abandoné el ayer. Ahora ni los recuerdos me quedan. Otro soy, sin dudas ni celos. Vanitas vanitatum, et omnia vanitas.
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Como barcos que se alejan de la orilla, así se van los tiempos que jamás viviremos. Sin asombro navega el alma tras el fuego intenso que trémulo ondea.
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¿Qué oscuro impulso me lleva a la superficie donde florecen las hogueras? ¿Con qué arena levantaré mi torre a la orilla del mar, que sonríe a lo lejos, en ese horizonte sin luz?
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Arde la piedra como una moneda de oro. Se deja caer lentamente, hundiéndose tras la línea de agua. De su paso por el cielo sólo me quedó esta mancha titilante en los ojos.
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Los que oscurecen se pierden en la noche del tiempo. Nunca encontraron la blancura de la piedra ni el corazón de los alquimistas llameando en las profundas aguas. El cristal reverbera bajo la cara descubierta de la luna nueva.
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Voy tras unos pasos que se pierden siguiendo el viento. A la inversa del que arroja con orgullo sus canas, viene el que tiene buen oído y buenos ojos para mirar el sol, de frente.
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Debajo del crepúsculo que hace sentir consuelo a los desventurados que han visto la pálida muerte, un pequeño caracol se despoja de su alma que ya no tiene corazón. Sólo su canto es orgullo de lo que en este instante lo hace feliz.
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Las olas se deslizan por su cuerpo como viejos cantares, como lenguas del olvidado Romancero que habló del amor, de la muerte y del hastío de la vida. Sus ojos se llenan de esa espuma con dientes que nos dejara como audaz imagen el poeta que a veces veo en Nueva York tan Federico y tan garcíalorquiano.
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¿Puedo verme como la semejanza del Señor de los Cielos? Puedo verme en el algún lugar de la noche marina, mordido de hogueras, sin manos, sin labios. Como un poeta figurado y primitivo, llevando más allá la palabra que exige otro sentido. Cazador de metáforas soy, tropeando.
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Remolinos indomables me llevan a la infinitud del mar que es un pez entre muros de rosas. El tiempo es el tropo perfecto que me traslada al espacio de las analogías.
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Danzo entre corales que brillan bajo los tranquilos rayos lunares. Mi barco es una pequeña botella que lleva siglos navegando a la deriva. Todo lo tengo, todo lo pierdo y todo lo puedo, menos ser libre. Porque la libertad es la más perfecta de las utopías.
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¿Qué dioses callados traen desde lejos el rocío para humedecer las rosas? )Acaso son los mismos que nos bajaron las palabras que asomaron en la boca de Teresa la mística? Con metáforas Dios le habla al hombre altanero. Para que sea glorioso. Para que le cante y ore por los siglos de los siglos.
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¿A qué mirar el reverso de la llama celeste? Todos moramos en la Casa sin fuego. Y alabamos al más osado de los ángeles, al bello Luzbel. Porque en él contemplamos nuestra propia imagen, de hombre caído. Porque en él nos reconocemos.
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En el espejo roto ruge el mar como un demonio suelto. Y zozobran los tres barcos que trasladan las plagas y pestes que asolarán el Nuevo Mundo. Y tiembla tu débil corazón en la noche, de este lado salvaje del planeta donde beso tus labios sin ninguna vergüenza. Soy para ti el viento halcón, guerrero de su raza.
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El desarraigado quiere perderse entre las olas de un mar metafórico que procede de una voz superior. Sus raíces andan con el viento.
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Ese lamento que baja con los aires de arriba, es el último canto del que inventó la guerra para morir en ella.
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Una campana de plata se mece como la brisa quieta. A lo lejos el sol cae, dejando la tierra en penumbra. Llega a mis oídos la música de las horas más negras. Eso que llamamos Destino es un ojo sin luz.
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El agua turbulenta, otrora suave y de cristal, rueda con rabia por entre los peñascos obstinados que el viento aún no ha podido deshacer. Un pescador, antes jardinero y ya cansado de tanto ir contracorriente, se ha dejado caer en la orilla pestilente del río que ahora arrastra todo tipo de desperdicio. Está arrodillado, quizás soñando que va en la cubierta de un bajel veloz como su pensamiento.
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Navega, navega hacia algún país remoto. Ve otro cielo, otro monte, otra playa, otro horizonte, otras aguas. Parte de una vez y no te quedes ahí, derrotado. Si tú partieras verías el instante que no regresa, aunque va. Si tú te fueras te seguirían los albatros que esperan el amanecer. Sobre el mar de los Sueños sopla el viento parecido a un Pegaso. Allá los campos olorosos, la verdura bajo los rayos solares. Allá la alfombra verde donde el rumor del riachuelo como un caballo pasta. No te quedes ahí, navega hacia ese verdor que nada amortaja. Ese mundo es un cielo turquesa. Para los poetas y los eternos amantes.
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Miras el poniente meditabundo. Tu pensamiento es ave errante ¿adónde va? En el horizonte un relámpago es flecha de fuego, es vena ardiente dispensándose entre manchas, nubes y sombras. El mundo gira como si fuera veleta, precipitándose. Tus ojos han traspasado su vestido blanco. Ahora miran por todas partes más allá de donde estás pensando. Y no hay nada. Sólo aire y cielo, como cristales donde te ves sin nadie.
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Se encoge como un gato. Tersa el cuerpo y se desata. ¿Cuál es la contextura de se Verbo que se vuelve fulgor? El Dios sensato de los animales abre las puertas del Cielo. Allí está el infinito como un ojo sin párpado. ¿Para qué entonces consagrarte al oficio de los gladiadores que no ven más que el asfalto reverberante de la carretera? Ya ni arco ni flechas ni espadas tienes. Nunca has conocido un revólver. Ya es hora de te vuelvas visible. Que otro juglar cante la balada de la diosa locura.
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Tu amada te escribe: "Si pudieras quedarte. Si yo pudiera compartir tu lecho y sentir tu corazón junto al mío. Si yo pudiera pasar toda una noche contigo, entre tu abrazo férvido y estrecho. Si yo pudiera ofrendarte mi pecho que se agita caliente como ola de mar enfurecido. Si yo pudiera entregarte la vida y desvariar vibrante y jubilosa. ¿Estarías satisfecho? Yo no lo estoy, no me conformo con un lecho frío, con este silencio tan correcto, tan amplio, tan como yo, vacía. Hoy ya no pienso que mañana será mejor que ayer, aunque sueñe contigo".
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Voltea la carta sin que nadie la vea. Que el cuerpo de la reina entre por ese bosque de agua que refleja un cuerno de marfil. Acércate al papel que recoge las metáforas, las sinécdoques y las metonimias y mira cómo se cuela la noche en tu alma. Tu alcoba es oscura, ningún sol ha podido entrar, ninguna luna. Recoge la aljófar del día y deja que tu alma se vaya como quien sigue su sombra.
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Pregunta si hay todavía una columna, de aquéllas de Hércules, en pie. Pregunta si aún se oye el cuerno de la tribu y si los que están sordos y ciegos en tierra firme oyen el mar cantar. Tal vez oigas la respuesta surgir detrás de una palabra prohibida. Lo que se oculta ya no es el punto tenebroso. Es lo claro que muestra a los videntes los mismos ornamentos que vieron en otro tiempo tus ojos, la misma espada de obsidiana que usaste cuando no eras poeta, la cornamusa de la diosa fortuna que te llenó de tesoros y el imperfecto epigrama del retorno que fue escrito en castellano con caracteres arábigos.
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El soplo inmortal abandonó el friso de azulejos y cruza los linderos de los vientos alisios. Lleva alas en los pies.
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Habla de la esperanza sin fe. Habla del país devastado ("hay que reconstruirlo"). Pero no hace nada. Dice que las flores brotarán de las ruinas. Pero no tiene ni alma ni oficio de jardinero. ("La primavera llenará de rosas esta desolación", eso recuerda de un poema que leyó al amanecer cuando casi todos dormían).
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Mi palabra se arraiga en el silencio. No es murmullo de agua. Digo polvo y cae la sombra de un pájaro muerto. Digo piedra y se me resecan los labios. Mi palabra no tiene raíces. Es árbol sin hojas. Es canto sin pájaro, en el aire. Es aire.
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Tomó una rosa blanca y recién cortada. Se acercó a la orilla del río y la deshojó. La corriente se llevó los pétalos ya mustios. Se levantó y descendió por el camino que lo llevó a la muerte. Ahora se sume en el fuego que lo purifica.
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Desde las ventanas algunos habitantes agitaban sus manos. Una luna en el fango resplandecía como una herida sin raíces. Entre escombros vio esqueletos. La noche llegó con sus luces.
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Pasó por una tienda de juguetes. Un maniquí le sonrió. Reclinó el rostro sobre la vidriera. Y soñó.
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Había un follaje blanco y siete puertas abiertas. Un canario resplandeciendo entre hojas. Alguien descifraba sus sueños. Agitaba la brasa. Había un libro gigante sobre una lengua. Estaba allí, caminando por entre la escritura palpitante. Veía rostros y máscaras. Espejismos.
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Había un acuario de ojos bajo un arco iris. El dueño de la tienda se acercó y le entregó unas plumas. El le señaló la imagen de un reloj. Sobre hierbas respiraban algunas estatuas. Miraban caer la tarde. Un ángel grababa signos fatídicos en sus manos. Y más allá, se agitaba la noche resollando como un animal. A su lado, una mujer se miraba los rasgos. Tenía los labios pintados con sangre. En una bolsa llevaba algunos huesos de sus antepasados.
*
El dueño de la tienda le muestra un río en una selva. "En esta ciudad perdida está tu familia muerta", le dice. El reloj da la hora. Seis de la tarde. Un muñeco musical camina lentamente hacia él. Ahora es un niño encerrado en una cuna llena de moscas.
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Agarra un pedazo de pan roído. Madre lo mira desde la cocina. A su alrededor corren sus hermanos. Una sombra se oculta en los árboles.
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Escucha las risas. El sol desciende como pájaro. El asma fluye de entre sus costillas. Recorre sus pulmones. "Aquí hemos muerto desfigurados por algún relámpago", oye decir al dueño de la tienda que se va deshaciendo lentamente. "Un día nos invadieron unas nubes incandescentes, unas plagas de fuego, unos rayos veloces. Y se desprendieron nuestras carnes. No pudimos soportar esas luces que nos dejaron ciegos. Y aquí estamos hundidos en la humareda. Ellos vinieron para acabarlo todo. En un instante".
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Le muestra la desolación, las piedras humeantes, los árboles calcinados, las grietas en la tierra, chamuscada. "Tú no ves sus espadas incandescentes? Ellos siguen allí, iracundos sobre la ciudad. Yo vi el fuego de esos ojos celestiales. Escuché sus voces. Sus inmensas alas cubrían los espacios y los tiempos. Oye ese sonar de trompetas en los vientos.
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Aquí estamos, invisibles, irremediablemente muertos, sepultados en las arenas celestes.
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¿Quién puede rescatar al Hijo del Hombre de su muerte? La sangre de los mártires no fue derramada de una vez por todas. Siempre serán crucificados.
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¿A quién no le queda su noche tan deseada como un plácido engaño?
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Es mucha la fatiga para el corazón, mas no te duermas porque todo está en suspenso y la vida se va y las lágrimas brotan para que te conmuevas.
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Despierta, no te quedes allí, no esperes el último sol ni la sangre del último caído.
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No recuerdes las horas, jamás volverán. El tiempo es un pájaro infausto que deja caer sus plumas. No te hundas en él. Porque te puede llevar su vuelo.
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Ha llegado el momento de luchar. No rindas tu última arma, levántate. Todavía hay algo que ganar y un sitio adonde ir. La mano del hombre, que todo lo ha arruinado, no alcanza lo que está dentro de ti, aunque estás bajo su amenaza. Despierta. Todo se está destruyendo, arde la calle de hoy y hay tantos sollozos aquí y allá y muertos. Voces. Que suene la viola y el violín. Cuánta sangre. Cuánta guerra. El caos nos gobierna. Es la sustancia del mundo y no hay nada fuera de su alcance. ¿Cuándo saldrás de las tinieblas?
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Otros caminos te esperan, pero sigues durmiendo, durmiendo, y no miras, no abres los ojos y te hundes dentro de ti y cubren las sombras. Ha llegado la hora de tu nacimiento y también la de tu muerte. Tu casa aún no existe. Todo ha quedado en sueños a la espera de otra existencia y otra elección. Tienes un Dios que inventa un lugar para ti y puedes pensar y soñar otros mundos. Extendamos las manos y cantemos. Cantemos para que las palabras atraviesen sus límites y todo se revele más allá del silencio, en el centro de todos nosotros. El nos rozará con su mano y su voz será una canción.
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De qué nos han servido la Ciencia, los argumentos abstractos, los inventos. Toda lectura del mundo nos conduce a la decepción: la Razón ha quebrantado el Orden y tantos quebrantos nos tienen confundidos, desconcertados y cada paso que damos en lo oscuro nos acerca al fin. No hemos estado del lado de la Vida. Nos hacemos la ilusión de que hemos encontrado el Camino, de que tenemos la Verdad, pero no nos sentimos dichosos, somos infelices, esclavos de nuestras propias pasiones y desdichas y nada anda bien, todo está torcido, tanta desgracia nos perturba. Nuestras melancolías, nuestras desesperaciones y entusiasmos revelan nuestro desbarajuste emocional, nuestro temor. Cómo rehuir la realidad, cómo escapar de los tiempos que no son precisamente románticos. No hay escapatoria. Para donde vayamos siempre tropezaremos con nosotros mismos, con nuestros propios errores y torpezas. No hay modos y maneras de vivir que nos aseguren la estabilidad. Nuestro futuro pertenece al desorden al Caos.
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Descendemos, nos aplastan los hechos, la realidad. Todo nos resulta insufrible. Cómo esquivar las cosas deprimentes. Que callen los científicos y filósofos.Que callen los políticos y oradores. Que callen los partidarios de la fuerza y de la sinrazón. Nunca nos ajustaremos a los hechos observables. El desasosiego prefigura los nuevos tiempos. No hay medios pasa saber lo que sucede en el alma. El Hombre se resiste a renunciar al misterio inefable. Siempre está descendiendo a los abismos, con el peso de su propia tragedia, de su angustia.
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A veces no comprende que no hay profundidades más sutiles y tocadas de cierta infinitud que las del pecado y la gracia. Despierta, despierta. Descubre el olor de la tierra. Tiene que haber un árbol, unas raíces remontando la nada. No dejes que te aplaste el desconsuelo. Ya es hora. Hay que bajar la pendiente y pasar por los filos de la fatalidad, tocar lo oscuro.
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Hay que cruzar los puentes sin temerle al vacío vivir contra la muerte porque no estamos solos, aunque es mucha la soledad que nos cobija. Y nos pesa el sufrimiento, tanto nos pesa. Hay que caminar, subir árbol que espera y mirar desde allí lo que nos fue prometido.
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Poca es la dicha que es dada a nosotros, mortales. A veces sólo se nos concede la contemplación de la belleza, el breve esplendor de una sonrisa o el misterioso encanto de unos ojos que en momentos reflejan los cielos de la felicidad. Nada más excelso que admirar los rasgos de una rosa que embellece el terruño y hace resplandecer la cotidianidad y las faenas diarias. Es como descubrir la frescura en medio desierto.
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De cualquier manera el peregrino que se aventura en pos del paraíso sabe cómo encontrar la fuente. No en vano los ríos fluyen por lo seco. Se puede alcanzar lo próximo y arribar a la otra orilla sin que sean necesarias las alas.
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Un día nos vemos entre los soñadores de la tierra prometida. Celebremos porque otro instante vendrá, como un don que será necesario compartir. Mientras tanto, la vida seguirá su curso. Afuera van las horas dando su pulso invisible. Y tú, extranjero, mañana recordarás tu nacimiento y lo celebrarás. Tu vida apenas comienza bajo los rayos del sol.
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Es justo que tu destino en el lejano futuro relumbre y pronuncie palabras auspiciosas. Un día llegará en que vuelvas a estar entre nosotros.
Hace ya varios días que escribí estas palabras desde un lugar caluroso y polvoriento. Estornudo. Hasta la palabra que nos recuerda lo que somos me hace estornudar. El polvo. Ayer dijo el vaquero que todos los caminos del hombre están llenos de polvo.
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Cuántos días y todavía la rosa no termina de abrir. Boris no se hubiese desesperado. Nunca entregó sus zapatos ni claudicó. Cierto es que jamás volvió a ver los cielos de París y la selva terrible de América. Sus libros ahora están llenos de polillas.
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Hay quienes, llenos de embeleso, se acercan a las aguas alucinantes donde se vio Narciso, para mirar su rostro. Lo hacen por el mero placer de verse, es decir: por el goce de reconocerse en su humana belleza. Pero quien se mira a sí mismo olvida lo que dijo el adivino Tiresias a Cefiso y a la ninfa Liríope: "no llega a viejo quien se mira a sí mismo".
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¡Ay del hombre que desprecie una doncella! Las despreciadas por Narciso clamaron a los dioses por venganza, y el bello, agobiado por la sed, se inclinó sobre una fuente y vio por primera vez su rostro. Se enamoró tanto de sí mismo que no pudo apartarse de su contemplación.
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¿Cómo separar los ojos de nuestra propia imagen? ¿Cómo huir de nuestro propio reflejo? Los griegos consideraban como presagio de muerte que una persona soñase que se veía reflejada en el agua. Narciso no vio la hermosura de Eco, desdeñó tanto su amor que la ninfa se retiró a las soledades de los bosques a gemir.
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¿Quién desconoce el valor de la contemplación? La propiedad del espejo es engañosa. No siempre la imagen reflejada surge del encantamiento o del vínculo que une al deseo con el embelesamiento. Hay una fuerza que hace desesperar, hay una pasión que lleva al suicidio. La imagen de lo bello se apodera de uno, nos arrastra, dejándonos dispuestos para morir. ¿Cuántos no han muerto por la imagen de una bella mujer poseída por el espíritu de la belleza? Sólo la fealdad del alma empaña el cristal donde se ven los dioses vengativos.
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Narciso, según la versión de Ovidio, murió de tanto verse a sí mismo. Su suicidio dio origen a la leyenda de la heroicidad. Así lo explica el poeta Gabriel Celaya. Para él Narciso es el primer héroe, pues se atrevió a detenerse cuando todos buscaban el vértigo. Fue el primero que se apartó del rebaño para encontrarse a sí mismo en la soledad. Fue el primero que se asombró y quien hizo la primera pregunta que le costó a Luzbel el destierro. Narciso se separó del cuerpo único del coro y desdeño a todos los que le perseguían en busca de su amor. Su desdeño ocasionó el retiro (de la vida fácil y de los placeres) de las doncellas que al cielo clamaban venganza. ¿Que no las oiga Némesis, porque otra vez morirás ante tu propio reflejo!
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Según una versión beocia, Narciso fue el culpable del suicidio del joven Aminias, que estaba enamorado de él y a quien terminó enviando una espada con la cual se traspasó delante de la puerta de la casa donde vivía Narciso. Aminias comprendió el significado del regalo: La búsqueda de la belleza implica el desgarramiento. Encontrarla es morir. Separar el espíritu de la embriaguez tenebrosa y corporal. Encontrarla significa encontrarse a sí mismo en la soledad de la conciencia.
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Muchos pueblos han creído que el alma humana está en su sombra y, también, en la imagen reflejada en el agua o en un espejo. Frazer cuenta que en una Isla de Melanesia hay una Laguna "donde si uno se mira, muere; el espíritu maligno se apodera de su vida por medio de su reflejo en el agua".
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No todos lo que miran en las aguas de la ensoñación quedan embelesados. El estigma del Narciso sólo lo llevan los escogidos, los predestinados a la soledad, al desierto. Al suicidio que adopta la forma más sublime y radical. Los que nacen con la señal del espejo siempre se rebelan contra todo y se enfrentan a sí mismo y a los dioses. No son idólatras de las "verdades" ni feligreses de la única Iglesia construida en tres días por la ingenuidad. Tampoco son veleidosos: su entrega es tota, liberadora. No admite distracciones ni falsos artificios. Pertenecen sólo así mismos y a la duda de saberse extraviados en un espacio dominado por los demonios fecundos y terribles y por las fuerzas primeras que alucinaron al hombre primitivo y lo lanzaron a los abismos, a la tenebrosa cueva en cuyas paredes espejeantes se reproducen las imágenes del asombro y las formas de la Muerte.
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Pero el extravío no garantiza la sobrevivencia - advierte el poeta trastocado por el encantamiento que produce el hallazgo de un lenguaje purificador y alucinante-. Quien se pierde en sí mismo y se hunde en las aguas de la belleza voraz nunca muere: sólo queda atrapado en el espejo de su inmortalidad.
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El origen de la tragedia de Narciso no hay que buscarlo ni fuera de nosotros ni el naturaleza de la crueldad, que según el adivino Tiresias, fue lo que perdió a Narciso y fue la causa para la que los dioses - a veces caprichosos y siempre altaneros y terribles - lo castigaron. Quien desprecie el mundo de la sangre y el desenfreno de las doncellas sagradas (y consagradas por la delicadeza angelical) es blanco seguro del castigo divino y humano. El deseo por sí mismo condena y conduce al suicidio. Apartarse del coro de hipócritas que dicen amar más a su prójimo que a sí mismos es exponerse a las pedradas y escupitajos de los que van detrás del corifeo y se rasgan las vestiduras, se persignan y claman la crucifixión para el que reniega y se enfrenta al Sumo Sacerdote y a la estupidez de sus acólitos.
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Ser Narciso es sumergirse en las aguas de las interrogantes, en el torbellino de las angustias y sufrir el naufragio que significa volver a la fuente, al fondo primigenio donde está el latido maternal y la única tierra posible: el paraíso, siempre perdido.
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No es dable distinguir, ya al otro lado del sueño, los contornos de los que está dentro de nosotros: es necesario el hundimiento, la contemplación del ser que encarna a la vez lo primitivo y lo eterno y que domina lo temporal y la historia. Es necesario sentarse ante la laguna de las turbias purulencias que remite a la púrpura de la purificación. La visión de lo que está más allá del Espejo Cambiante no mata la conciencia que se tiene de sí mismo. No oscurece los sentidos. Todo lo contrario: eleva la conciencia, la aleja de los vínculos carnales, familiares, terrestres, la separa de lo tangible, eso que envilece al hombre.
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Aferrarse a la desesperanza no debe ser la consigna del que sabe que la vida es don, cuyo precio es el sacrificio. Hay que vivir con la frente bien alta y estar dispuesto a defender con honor y valentía esa oportunidad que nos otorgan los dioses. Quien se abandona a orilla del camino como esperando la muerte realmente no merece la tierra. Los crepúsculos son hermosos, pero presagian el ocaso. El alba es el futuro, la luz de lo que vendrá. Uno siempre tiene que tener un norte para que los pasos no se den en el vacío, puesto que todo el universo conspira para que realices tu deseo. La idea pesimista multiplica los trastornos y los desequi¬librios. Si hay que saltar el abismo se hará, ya que no hay victoria que la voluntad no pueda alcanzar. Hay que estar convencido de que nuestra salvación, como sabiamente dijera Mahatma Gandhi, depende únicamente de nuestro propio esfuerzo. Sólo hay que confiar en lo que se cree y lazarse a la ventura de vivir, mientras se pueda.
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La tragedia es el punto de apoyo del que abriga la impostura del fracaso. Quien vuelve la espalda a la alegría de vivir no conoce el valor de la vida. Hay que estar abierto a los milagros que nos deparan los días y sentir bien contento el corazón porque está vivo. Siempre hay algo que aprender de las horas que llegan para pasar también. El pesimismo es el recurso del que echan mano los fracasados para no subir la escalera de la perfección. Cuando uno escucha a su corazón latir sabe que está respirando. No hay que engañarse con los discursos de los falsos profetas que prometen una mejor vida más allá de la tierra. Los elegidos de la primavera están exilados lejos de los trogoditas. El suspiro de la corrupción no los alcanza. Ningún pesimista es un predestinado.
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Cada quien escoge su destino. De la elección depende que triunfes o fracases. No esperes nada de la vida si no pones tu empeño en ganártela. El engañado padece las calamidades que origina el engaño. Nadie nace con la soga al cuello. La elección es libre y muchos son los caminos que conducen a la fatalidad. Sólo es cuestión de saber elegir. Y decidirse. La indecisión no hace milagros.
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En vano se busca el paraíso. Cada esfuerzo que se hace para llegar arriba, implica una renuncia. Y un desgarra¬miento. Avanzar ofende a los mediocres. Sobretodo cuando se hace limpiamente. Sin urdir trampas y engaños. Alcanzar un lugar entre los talentosos no es fácil. Muchos son los que parten y pocos son los que llegan. La selva de la vacuidad no otorga la sobrevivencia. Cada quien tiene que ganársela según su talento y habilidades. Y también su capacidad para resistir y soportar los golpes.
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No hay receta para vivir, y menos para sobrevivir. De Khalil Gibrán aprendí que todas las personas sueñan con la libertad, pero muchas están enamorada de de sus cadenas.
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Que del buche hundido de la noche agonizante huya el que tiene miedo de sus sueños. Yo detengo en mis manos la calavera de la soledad y río porque siento el aire mordido por los perros que envejecen con una soga al cuello. Ciertamente estoy solo en este rincón, pero no me quejo ni canto aquella canción de Maná que da lástima. Yo le tuerzo el cuello a la agonía aunque me hundo en las horas tétricas y quejumbrosas. Este cuarto no es la cárcel para mí: el quejido que se quiebra entre las sombras que penan en silencio no vino de mi corazón. Salió del alma del hombre que no sueña y se aferra a sus más pueriles necesidades.
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Otra vez me lleva la pasión de escribir: la palabra se hace frágil o eterna en la punta de un alfiler que no recuerda la boca que la pronuncia. El corazón se equivoca y por eso asoma la torpeza que ignora la existencia de la razón. Realmente no sé qué camino siguen estas líneas zigzagueantes, sólo sé que sigo un ritmo interior que no me cuesta una respuesta, aunque se arrima en el recuerdo de lo que fue. Yo no ignoro lo que queda ni lo que quema. Si fuera la hora esa perdiz que huye entre los matorrales, sentiría compasión de su destino, porque la vida es una rueda que rueda y le va pasando por encima a todo.
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No puede haber una lombriz debajo de los pies de la multitud que aclama a su verdugo. No puede haber otro tonto semejante: soy único y nadie se ríe de lado como lo hago yo. Mis sueños conocen las ataduras de mi mal humor y otro igual que yo no puede haber. No creo que Dios se haya equivocado y me haya clonado en perjuicio evidente de la humanidad.
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Yo puse mi pasión del lado de la ternura. Con mis dedos alucinados toqué el corazón de lo claro y me envenené de sueños al punto de que quedé desilusionado. Ahora no creo más que en la realidad. Todo lo que tenga visos de locura recibe un no rotundo de mis labios.
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No soporto lo que exige una disculpa. A mí me vapulearon las pesadillas, me acorralaron las horas que odian el champaña y jamás he salido con corbata ni con frac. Mis pies conocen de la dureza de los caminos por donde andan los descamisados que jamás olieron la indiferencia asesina de los preservativos.
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Sentado frente a la pared de los equívocos soy apenas una letra sin acento. Mi sombra cabizbaja se rasca la cabeza como si fuera lo que pierde valor y se alarga en el oscuro pasillo de los excluidos. Arriba la luna es una canción que se trasnocha y deja oír su voz ronca. El tal vez es un paso hacia el vacío. Y la ausencia una habitación vacía que me duele cuando tú no estás.
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Mi alma no tiene habitación segura. Hoy amaneció en la casa de la soledad, por eso pasó todo el día con los ojos cerrados como esperando la llegada de la noche para irse a otra parte. Mi alma no busca fines de dolor ni suena como una guitarra herida por el desamor. Tan sólo espera la caída del sol para poder respirar.
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Nos apartamos del Demonio cuando éste ya no puede influirnos para que hagamos el mal.
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Si esta vida es insoportable, la otra es inalcanzable.
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Lo que intuimos apenas cerramos los ojos es la muerte. El alma despierta cuando abrimos los ojos nuevamente.
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Ese pájaro canta y no se ve. No aspira a la inmortalidad porque su vida es tan breve como la mía. Quien quiera oír su canto lo oirá. Pero jamás lo verá ni sabrá su nombre.
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Uno intenta recordar un tiempo que fue borrado. Se esmera en vivir el presente, cuyo futuro jamás se detiene. Uno mira el horizonte y no piensa en la muerte. Pero las piedras crujen bajo nuestros pies y todo lo que nos rodea se va cayendo, convertido en ruinas. Uno termina con los ojos cerrados, perdido en el paisaje oscuro de la muerte, cuya palidez nos cubre el rostro.
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Con el tiempo todo lo que vemos se vuelve opaco. Se van borrando los colores y en las retinas comienzan a aparecer las manchas como pálidas nubes que cubren la visión. El mundo termina allí donde comienza la ceguera.
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El Tiempo deshace todo lo que construye. Vuelve ruinas todo lo que hacemos. Nos devora en un instante y hace imposible la inmortalidad. De lo que vivimos brevemente sólo queda un pasado memorable, que también se deshace. ¿Qué tiempo dura el párpado en cerrarse? Lo que dura el jadeo de vivir: un instante.
El implacable tiempo ha roído la piedra que abandonó el olvidado Sísifo. Los dioses escaparon de este mundo y nos abandonaron a nuestra suerte. El silencio cubrió los altares, ahumados por los cirios. ¿Qué esperamos de lo efímero? Apenas nacemos somos devorados por la muerte. Nuestra vida sólo dura un instante. Vivimos abrazados a la tierra, pero no por mucho tiempo.
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El silencio hace resplandecer la palabra. Lo dormido espera por el verbo que le haga abrir los ojos. Sabe que más tarde vendrá la luz naciente que hará posible el acto de vivir.
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Las hojas del Libro se abren como un Árbol. ¿Serías capaz de leer sus signos sin morder la Manzana? La Serpiente acecha tu alma.
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La hoja de la espada se hundió como una llama viva en su pecho sin defensa. ¿Cómo podrías revivirlo sin perdiste el anillo de Giges?
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La hoja de la puerta fue sacudida por el viento desolador que acabó con todos los árboles del Paraíso. ¿También se llevó los cantos de los ángeles que venían victoriosos de la guerra?
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La hoja de la navaja pasó por su garganta que se quedó muda y sin llanto. ¿Lo llorarás, Caín?
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Eva era una mujer de gran corazón, pero su alma fue una pantera que arrancó de cuajo la vida de los más osados que intentaron amarla.
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El amor un día se perdió en el corazón del bosque donde reinaba el Lobo feroz.
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Ese infame que deshoja la margarita no tiene corazón, aunque es un santo.
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Él es cabeza de familia y campana de la Iglesia.
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Castigarán al cabeza de motín que avanza desde el Oriente con todas las huestes del Señor.
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Ninguno de los derrotados podrá levantar cabeza, aunque todos le den la vuelta al mundo.
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Ella ofreció su mano de nieve y lo emblanqueció.
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No engaña la nieve de tus años, ni que te pintes la calva.
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El amargo vivir de su ilusión lo dejó desengañado. Es amargo su destino como amargo es el fondo de sus sueños.
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Ella tenía una dulce voz, pero mataba. En sus primeros años su carácter fue muy dulce, tanto que empalagaba hasta sus enemigos.
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La luz de la inteligencia deja ciego a los ignorantes. La luz de la fe ilumina la vida. Ya ciego y sin esperanzas, puedo comprobar el ocaso de mis ilusiones.
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Estoy como un sol apagándome.